miércoles, 24 de mayo de 2017

LA   NOCHE  DE  LAS  PRIMARIAS
(versión ampliada del texto publicado en el Diario Córdoba el 24/05/2017)

La del 21-M fue una noche apasionante. Por una vez, la política pudo con el fútbol, y hubo más gente pendiente de los resultados de las primarias socialistas, que de la celebración del Real Madrid en Cibeles por la obtención de la Liga. Y eso que eran las primarias de un partido como el PSOE que no pasa por sus mejores momentos. Pero, la importancia que para la gobernabilidad de España aún tiene el centenario partido socialista, explica la gran expectación que despertaba en distintos círculos de opinión los resultados sobre la elección de su Secretario General. Las noches electorales siempre están cargadas de gestos que retratan la magnitud del acontecimiento, y que valen más que los discursos justificativos de rigor. Estas son mis impresiones.

a)  Las primarias han supuesto un ejercicio extraordinario de movilización de una militancia socialista que, adormecida en unos casos, e indignada en otros, se ha implicado en el proceso con una participación de más del 80%. Eso es, en sí mismo, un valor que dice mucho de la capacidad de las bases del PSOE de movilizarse, y que en este momento constituye su principal capital como partido.

b) También han mostrado la independencia de la militancia socialista a la hora de votar, ya que no se ha visto neutralizada por la fuerte influencia que han ejercido los diversos poderes fácticos, sea mediáticos, económicos o políticos. Las diferencias entre el número de avales y el número de votos de los candidatos, dice mucho de la independencia con la que se han comportado los afiliados del PSOE.

c) Los resultados han puesto de manifiesto la importante brecha existente entre la militancia y lo que coloquialmente se llama el “aparato”, constituido en este caso por los “barones” regionales (en su gran mayoría decantados a favor de Susana Díaz) y por una Comisión Gestora que, más allá de la aparente neutralidad de su presidente (el asturiano Javier Fernández), no ha sido, en opinión de muchos militantes, imparcial. La imagen de la concentración de militantes en las puertas de Ferraz gritando “Esta casa es nuestra”, acompañados de gritos de “¡Pedro! ¡Pedro!” y del canto de La Internacional, vale más que mil palabras, mostrando la brecha entre una “aparato” y una “militancia” que interpretaba la victoria de Pedro Sánchez como una especie de “reconquista” del fortín socialista del que habían sido desalojados.

d) La derrota de Susana Díaz supone también el fin de lo que se ha llamado el “felipismo”, retratado en el apoyo a la dirigente sevillana de los más emblemáticos dirigentes socialistas (Felipe, Guerra, Rodríguez de la Borbolla, Abel Caballero, Bono,…) y de los secretarios generales Zapatero y Rubalcaba (no así de Almunia), que hoy puede que estén lamentándose de no haber apoyado a Patxi López. Es un rechazo en toda regla de una generación de políticos socialistas que han contribuido a las reformas democráticas de nuestro país, pero que se ha resistido a dejar la primera fila y se ven desairados por un amplio sector de la militancia que no se reconoce en ellos.

e) En cuanto a las reacciones de los candidatos derrotados, la de Patxi López fue impecable felicitando al ganador, poniéndose al servicio del nuevo Secretario General y dispuesto a colaborar para unir e integrar al PSOE. Por el contrario, no se puede decir lo mismo de la reacción de Susana Díaz. En su corto discurso, no se puso a disposición de Pedro Sánchez, sino a la del partido (¿qué significa eso?), y salió de Ferraz de manera intempestiva sin esperar a escuchar las palabras del nuevo Secretario General. Comprendo que no era plato de buen gusto para Susana Díaz salir a escena en esa aciaga noche, cuando todas las grandes expectativas de victoria que se le habían creado por ese círculo de aduladores que suelen acompañar a los políticos, se habían venido abajo en cuestión de minutos. Pero, la imagen de su reacción en la noche del 21M, rectificada al día siguiente, quedará en la memoria de los militantes socialistas, y puede que actúe como una pesada losa sobre Susana Díaz si algún día decide reiniciar el proceso de conquista del poder en el PSOE.

f) La reacción del ganador Pedro Sánchez, tiene dos lecturas. Una interna, dirigida a los militantes que le han apoyado, a los que les ha trasladado con bastante realismo que nada termina el 21M, sino que todo empieza esa noche, dando a entender que comienza un camino nada fácil de renovación del partido, cuyo primer escenario de dificultad será el próximo congreso extraordinario. Como corolario de ese mensaje interno, está la mano tendida a todo militante que, no votando a su candidatura, esté dispuesto a participar en ese proceso de reforma y regeneración. La lectura externa se puede expresar en el cambio del “No es No” que le ha acompañado en su campaña, al “Sí es Sí” que gritaban sus votantes en la noche de las primarias. Si unimos eso a la afirmación de Pedro Sánchez de que el PSOE, además de aspirar a sustituir en la jefatura del gobierno al PP, hará una oposición útil, nos encontramos con un mensaje que no parece guiado por el resentimiento, sino que se proyecta al futuro, un futuro cuya primera prueba de fuego será la moción de censura presentada por Unidos Podemos hace unos días.

Son impresiones de una noche de la que se sale con la convicción de que el cambio y la regeneración del PSOE comienzan, efectivamente, el día después del 21M, pero también con la sensación de que no va a serle fácil a Pedro Sánchez y su equipo. Su fuerza, basada en la militancia, es una fuerza emocional, lo que no es baladí, pero carece de la fuerza orgánica necesaria en todo partido político para emprender una reforma profunda de sus estructuras y modelo de funcionamiento.

Me temo que las primarias han sido un primer asalto de un combate que tendrá en el congreso extraordinario de junio su continuidad, aunque no su desenlace final. Sectores hoy instalados en el “aparato” se resistirán a perder sus posiciones de poder en favor de una militancia que, en su mayor parte, está formada por afiliados que no han ocupado cargos orgánicos y que aspiran a ocuparlos, o por militantes con cuentas pendientes dispuestos a saldarlas. De cómo satisfacer esas aspiraciones, y de cómo frenar la inevitable actitud revanchista que suele instalarse en los corazones despechados, dependerá el futuro del proyecto de Pedro Sánchez, pero también el futuro del PSOE como alternativa de gobierno.

El cambio y regeneración del PSOE no puede hacerlo sólo el grupo ganador, por mucho que haya obtenido una incuestionable victoria con más de la mitad de los votos de los militantes. Necesita contar con una amplia base de apoyo, y eso pasa por atraer a lo mejor de los equipos de los otros dos candidatos, equipos que cuentan con personas de valía política y profesional que no pueden ni deben ser desaprovechadas en un arrebato de soberbia y arrogancia por parte de los ganadores.

Porque no es sólo sustituir unos cargos por otros, sino algo mucho más difícil, como es elaborar un programa de gobierno con propuestas creíbles y factibles que respondan a los complicados retos de la España del siglo XXI (de reformas económicas, de regeneración política, de igualdad y cohesión social, de reforma de la estructura territorial del Estado, de posicionamiento en la escena europea,…) y que marquen diferencias respecto a otros partidos.


Pero para ello, el PSOE se tiene que mostrar como un partido reconocible, dispuesto a afrontar ese desafío en cooperación con otras fuerzas políticas afines, pero también con partidos que, situados en posiciones ideológicas distintas, son necesarios para abordar las reformas constitucionales y los grandes temas de Estado. Tal es la diferencia entre un partido con vocación de gobierno, que es lo que ha sido el PSOE en estos cuarenta años de democracia, y un partido condenado a ocupar un espacio en la oposición. Ese es el dilema que tiene que resolver Pedro Sánchez y el equipo que salga del congreso de junio.

lunes, 15 de mayo de 2017

#PRIMARIAS   EN  EL   #PSOE  


La ola participativa es el signo imparable de los tiempos, y algunos de los viejos partidos acostumbrados a la cultura representativa, se suben, de forma precipitada e incluso oportunista, a esa ola de la participación directa de la militancia.

Como una especie de huida hacia adelante, los partidos socialdemocratas buscan en las primarias ese bálsamo de Fierabrás que les haga salir de la crisis en que están sumidos en un escenario tan complejo como el actual marcado por la globalización económico-financiera, el avance de la robótica en los procesos de producción, la precarización del empleo y el aumento de la desigualdad.

Sin embargo, hay serias dudas sobre la utilidad de introducir primarias en partidos de cultura representativa sin llevar a cabo previamente reformas que adapten su modelo de funcionamiento a la cultura participativa. En casos así, las primarias dividen más que unen, creando dentro de los partidos políticos disrupciones internas de difícil solución.

Eso es lo que le está ocurriendo al PSOE, un partido roto tras la crisis del 1 de octubre del año pasado durante el Comité Federal (las “idus de octubre” como las llama Borrell en su último libro). Sin haber aprendido la lección del conflicto que se originó hace ya veinte años con la disputa Almunia-Borrell, afronta de nuevo unas elecciones primarias sin modificar suficientemente los estatutos para resolver el problema de la doble legitimidad que comporta elegir por primarias al secretario general del partido, elegir a los órganos ejecutivos mediante delegados y designar por el Comité Federal al candidato a las elecciones.

Tres candidatos muy diferentes compiten. Dos de ellos (Pedro Sánchez y Susana Díaz) enfrentados política y personalmente y decididos no sólo a no pasar página de aquellos aciagos acontecimientos, sino a utilizarlos como fuente de legitimidad de sus respectivas posiciones, tal como se ha puesto de manifiesto en el debate del lunes 15 de mayo en la sede de Ferraz. El tercer candidato (Patxi López) se presenta, por el contrario, con un mensaje de conciliación remarcando la necesidad de superar las tensiones de aquel bochornoso día y de establecer puentes que puedan coser un partido tan dividido como el PSOE de hoy.

Lamentablemente, la dinámica de polarización que suele acompañar a las primarias en todo partido que las aplica, deja poco espacio a candidatos, como Patxi López, que abogan por el diálogo y el debate racional, imponiéndose una lógica de enfrentamiento entre facciones que produce desgarros difícil de coser después.

La opción de Patxi López es, en opinión de muchos analistas, la única con capacidad para curar las heridas abiertas en el PSOE, ya que fue leal con el secretario general cuando estuvo en la Ejecutiva de Pedro Sánchez, y fue también leal con la Comisión Gestora cumpliendo la decisión de abstenerse en la investidura de Rajoy. Además de haber tenido una trayectoria impecable como lendakari, es el único de los tres candidatos que es diputado, lo que tiene gran importancia en un sistema parlamentario como el nuestro.

Sin embargo, en la lógica de facciones que impera hoy en el PSOE, la opción serena de Patxi López pierde enteros conforme se aproxima el día 21, fecha de las votaciones, y eso a pesar de que en su intervención en el debate del pasado lunes emergió por encima de la confrontación personal de Pedro Sánchez y Susana Díaz, presentándose como el candidato capaz de apaciguar al partido socialista. No obstante, aunque, en un gesto de coherencia, Patxi López ha dicho que no se retira, la posición de los que ahora le apoyan y le han avalado puede ser decisiva si éstos deciden finalmente darle utilidad a su voto decantándose por uno de los otros dos candidatos.

Así que lo más probable, y salvo sorpresas de última hora, es que todo se resolverá en un cuerpo a cuerpo entre Pedro Sánchez y Susana Díaz, cada uno de ellos erigiéndose, respectivamente, en adalid de la militancia o en depositaria del legado socialista, con las “idus de octubre” como base de sus respectivos relatos.

Pedro Sánchez, el defensor de la militancia

Paradójicamente, Pedro Sánchez, que representa el pasado inmediato del PSOE por haber sido secretario general durante tres años, se presenta como el candidato del futuro. Apelando a los sentimientos de una militancia indignada con el “aparato” por los hechos del pasado octubre, propone un modelo de partido más participativo en el que los afiliados tengan voz en las grandes decisiones estratégicas, algo que tendrá que cuadrar con la cultura representativa y no asamblearia del PSOE.

El mensaje que difunden sus rivales de que Pedro Sánchez llevó al partido a los niveles electorales más bajos, no es creíble, y además es malintencionado. Los que así opinan no tienen en cuenta que la gestión de Pedro Sánchez al frente del PSOE tuvo lugar en una etapa muy difícil, habiendo heredado de Rubalcaba un partido roto y en horas bajas, y teniendo que competir con nuevos partidos (Podemos y Cs). No quieren reconocer que la debacle socialista se produjo con el propio Rubalcaba como candidato en las elecciones de 2011.

No siempre un dirigente político tiene que dimitir tras una derrota electoral, ya que depende de las circunstancias en que se produce dicha derrota (si el partido ganador obtiene mayoría absoluta no es lo mismo que si no la consigue y hay opción a construir una mayoría alternativa) y depende también del grado de apoyo que sigue suscitando en la militancia (Felipe González perdió las elecciones de 1977 y 1979 y no por eso dimitió).

Sin embargo, no comparto el discurso victimista con el que, los partidarios de Pedro Sánchez, quieren presentarlo como el mártir de una operación de acoso y derribo contra él por parte de sectores del PSOE vinculados a los poderes fácticos (IBEX 35, grupo Prisa,…) Es una tesis conspirativa que tiene mucho de paranoia. La política es lucha por el poder, y Pedro Sánchez, quedándose en minoría en la Comisión Ejecutiva, perdió el pulso que echó al Comité Federal en la citada tarde del 1 de octubre. Nadie lo echó ni lo descabalgó de la secretaría general como quieren difundir sus partidarios, sino que se arriesgó en la lucha por el poder, perdió y dimitió. Eso fue todo. Podría haber terminado su carrera política esa noche, pero, al igual que otros dirigentes dimitidos (como Felipe González en 1979 o ahora Matteo Renzi), lo vuelve a intentar con serias posibilidades de lograrlo. Está en su derecho.

Utilizando de manera vaga la referencia a la “izquierda” como seña de identidad de los socialistas, y apelando a una estrategia frentista para descabalgar al PP (algo contradictorio con la vocación de gobierno de un partido como el PSOE proclive siempre a la colaboración con el principal partido de la oposición en asuntos de Estado), Pedro Sánchez dirige su mensaje al corazón de la militancia. Sus discursos en los mítines de campaña van cargados de emotividad porque sabe que muchos militantes votarán con el corazón más que con la cabeza.

Poco interés ha tenido en debatir su programa político en caso de salir elegido, manteniéndose en una ambigüedad que puede volverse contra él. De hecho ha cambiado dos veces el contenido del programa, la última marcando distancias con Podemos para evitar que se le tache de “podemizar” al PSOE, e intentando aclarar, a duras penas, su posición inicial respecto al encaje constitucional del tema catalán y su definición de España como “nación de naciones”.

Es un enredo programático innecesario en el que se ha metido Pedro Sánchez, por cuanto que el programa del PSOE es algo que tendrá que aprobarse en el próximo congreso y la estrategia de alianzas le corresponde al Comité Federal. Ha sido, por tanto, un exceso de transparencia que puede costarle caro.

Susana Díaz, la depositaria del legado socialista

Por su parte, Susana Díaz se presenta como la candidata que recoge el legado de la historia socialista, habiendo sido arropada por los dirigentes que han llevado las riendas del PSOE en los últimos 35 años (Felipe, Guerra, Zapatero, Rubalcaba, Borbolla,…) y por la mayoría de los actuales “barones” regionales. En ese sentido puede calificársele como la candidata “oficialista”, siendo ella misma la que dirige la federación andaluza (la más importante del PSOE) y quien preside la Junta de Andalucía. Ejerce, por tanto, de “primus inter pares” entre los “barones” que le apoyan.

Sin embargo, paradójicamente, esa demostración de fuerza y su perfil “oficialista”, puede ser también su debilidad, ya que, a pesar de su juventud, Susana Díaz es identificada por muchos jóvenes militantes socialistas como una dirigente de la vieja escuela, como la candidata de un “aparato” cuestionado por un amplio sector de la base social del PSOE, contribuyendo a ello el modo como se ha comportado la Comisión Gestora en los últimos meses.

En contraste con la imagen serena de su presidente, el asturiano Javier Fernández, el modo como se ha movido la Comisión Gestora no es percibido por la militancia como imparcial. Extralimitándose en sus funciones (que, según los estatutos del partido, deben ser provisionales y centradas exclusivamente en la preparación de un congreso extraordinario que se ha retrasado en exceso) y eligiendo un portavoz (Mario Jiménez) del grupo pretoriano de Susana Díaz, la militancia percibe que la Comisión Gestora no ha dado la imagen de neutralidad que hubiera sido deseable, sino todo lo contrario, despertando en los afiliados la suspicacia de que ha actuado en favor de la candidata andaluza. Ello ha redundado aún más en la consideración de Susana Díaz como la candidata oficialista, alejándola de una militancia sensible a todo lo que “huela” a manejos del “aparato” del partido.

El discurso de Susana Díaz apela a su vocación de victoria (algo obvio y común a los demás candidatos) y a su experiencia ganadora, sin reconocer que obtuvo en Andalucía en 2015 más de cien mil votos menos que Griñán en 2012. También apela a sus orígenes obreros (algo que está cada vez menos en sintonía con una sociedad interclasista como la española), a la defensa de la unidad de España (con la ambigüedad suficiente para no entrar en los arenas movedizas del federalismo) y a su voluntad de hacer del PSOE un partido “reconocible” respecto a otros partidos (con la mirada puesta en la sombra de Podemos).

Este mensaje podría funcionar si se dirigiera al que ha sido en los últimos años el tradicional electorado socialista (bases rurales, mayores, de formación media/baja,…). Pero resulta que quien votará en las primarias no será ese cuerpo electoral, sino una militancia que se ha politizado a marchas forzadas en este último año de convulsiones y que desea una refundación del partido para que conecte con las aspiraciones y con la cultura de las nuevas generaciones. Esto explica que muchos afiliados no vean ni en la estética política de Susana Díaz y su grupo, ni en el contenido de su mensaje, lo más adecuado para sintonizar con una militancia cada vez más formada y exigente.

Su fulgurante carrera política (designada sucesora por Griñán en el socialismo andaluz, pero soslayando de mala manera las primarias que no tuvieron lugar), y su balance como presidenta de la Junta de Andalucía, tras un pacto de gobierno, primero con IU y luego con Cs, no es para vanagloriarse.

La comunidad andaluza sigue sin resolver sus grandes problemas históricos (el alto nivel de paro, la baja renta per capita, el escaso tejido industrial,…) y, tras la apariencia de unidad, subyace en el PSOE-A una profunda desafección y un distanciamiento del electorado socialista (sólo hay que acudir a la serie histórica de las encuestas de diversos centros demoscópicos andaluces).

Su aún corto bagaje político, explica, por tanto, que no haya en amplios sectores de la militancia la sensación de que Susana Díaz será mejor secretaria general que Pedro Sánchez, ni de que, llegado el caso, será la mejor candidata para ganar las próximas elecciones.

Después del 21-M

Y después del 21-M ¿qué? No comparto los mensajes apocalípticos que están acompañando a las primarias socialistas y que alertan del riesgo de destrucción del PSOE.

Puede que sea verdad, como se dice, que, si gana Susana Díaz, muchos de los partidarios de Pedro Sánchez (en su gran mayoría militantes de base sin cargos orgánicos ni institucionales) se darán de baja en el partido y emigrarán a otros lares políticos. También que si gana Pedro Sánchez será más difícil que se produzca la salida del grupo derrotado, dada la condición de muchos de los miembros del grupo de Susana Díaz de ser cargos de responsabilidad en el partido o en las instituciones autonómicas, lo que les hará quedarse en una especie de “cohabitación” con el grupo vencedor.

Sin embargo, lejos de esos mensajes, tanto Patxi López, como los dos candidatos con más opciones de victoria (Susana Díaz y Pedro Sánchez) son políticos que han hecho su carrera en la estructura del partido, por lo que su lealtad institucional no debe ponerse en duda.

Dado que, a la vista de lo ocurrido con los avales, se prevé unos resultados muy ajustados, el único peligro de destrucción del partido vendrá si después de las primarias no se produce la integración, sino la exclusión, del grupo derrotado. Y ahí el sector de Patxi López podría desempeñar un papel importante actuando como el pegamento necesario para integrar al grupo de Pedro Sánchez y al de Susana Díaz, sea cual fuere el derrotado tras las primarias.

Porque si el PSOE quiere recuperar el espacio perdido y ser de nuevo alternativa de gobierno, va a necesitar reinventarse, recogiendo, sin duda, el legado histórico del partido, pero introduciendo también una nueva cultura política que sintonice con las generaciones jóvenes. El PSOE que salga de las primarias ha de dar respuesta a los retos de la educación en la era cibernética y presentar propuestas viables y creíbles sobre cómo mantener el sistema de bienestar sin desequilibrar las cuentas públicas, sobre cómo responder al desafío de la economía digital y sobre cómo ofrecer algún tipo de garantía social a ese sector de la población que inevitablemente quedará en el lado de los perdedores de la globalización económica (ver el artículo de Ignacio Urquizu “Lo que decidimos los socialistas”, publicado en el diario El País, el pasado 11 de mayo).

Y todo ello con una estrategia de partido con vocación de gobierno, es decir, un partido dispuesto a alcanzar acuerdos con todos los partidos del arco parlamentario, y no sólo con los de un sector del hemiciclo. Da la impresión de que ninguno de los candidatos puede por sí solo responder a esos retos, por lo que se hace más necesaria si cabe la integración entre sus respectivos grupos tras el domingo 21 de mayo.

Una victoria excluyente de Pedro Sánchez sin integrar a los demás grupos, situaría al PSOE en un espacio de izquierda cercano a Podemos, que podrá ser del gusto de los militantes que lo han votado, pero que le hará perder la simpatía del electorado centrista tan necesario para ganar las próximas elecciones. Por su parte, una victoria igualmente excluyente de Susana Díaz posicionaría al partido en un espacio percibido como más a la derecha, y dejaría a su izquierda un amplio espacio libre para que lo ocupe Podemos.

De ahí que sea necesaria la integración tras el 21-M. La oportunidad para ello será con ocasión del congreso extraordinario, donde dentro de un mes se dirimirá el futuro del PSOE. Porque, en contra de los que afirman que las elecciones se ganan en el centro, soy de los que piensan que se ganan ocupando previamente un espacio propio (a derecha, caso del PP, o a la izquierda, caso del PSOE), para luego, desde esa posición clara y reconocible, atraerse al electorado de centro con propuestas creíbles de cambio y reforma.

Pero para ello, el PSOE necesita de las distintas “almas” que coexisten dentro de él, ésas que hoy se reflejan en los tres candidatos, y que siempre le han acompañado en la historia centenaria del partido.

martes, 9 de mayo de 2017

LA VICTORIA DE #MACRON
(versión ampliada del artículo publicado en el Diario Córdoba el 09/05/2017)


La clara victoria de Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas (más del 65% de los votos válidos) da un respiro a las cancillerías de los Estados de la UE y a muchos ciudadanos que apoyan el proceso de integración europea. Pero es un alivio temporal, ya que la preocupación continuará hasta las legislativas de junio, a las que Macron acude sin una sólida base partidaria.

Su plataforma electoral “¡En Marche!”, creada hace apenas un año, y transformada ayer mismo en el partido político “La Republique en Marche”, tendrá serias dificultades para presentar candidatos con posibilidades reales de victoria en las casi 600 circunscripciones donde los partidos competirán a dos vueltas por obtener el escaño en disputa en cada circunscripción.

A pesar de la elevada abstención (casi el 30%, la más alta desde 1969) y del alto porcentaje de votos en blanco y nulos (casi el 12%), ha funcionado el “pacto republicano” para evitar la victoria de Marine Le Pen. Sin embargo, los más de 10 millones de votos obtenidos por ella (uno de cada tres votantes), supone un ascenso de dimensiones considerables del Front National (FN), un partido antieuropeo, populista y xenófobo. Por ello, es un serio aviso a tener en cuenta, ya que Le Pen y su partido están para quedarse.

El perfil de los votantes de Macron 

Los resultados de varias encuestas prueban cómo ha funcionado el "pacto republicano" en la segunda vuelta. Según la encuesta del Instituto Harris Interactive, un 53% de electores que votaron en la primera vuelta al izquierdista de "France Insoumise" Melenchon habrían votado a Macron en la segunda, y un 79% de los que votaron al socialista Hamon. Por la derecha, el 48% de los que votaron en primera vuelta a Fillon y el 26% de los de Dupont-Aignan, lo hicieron por Macron en la segunda vuelta. Ello indica que casi la mitad de los votos obtenidos por Macron proceden del ámbito de la izquierda, una cuarta parte proviene de la derecha y un tercio del centro, corroborando así la eficacia del "pacto republicano" para frenar a Le Pen.

Además, la encuesta realizada por Ipsos señala que dos tercios de los electores de 18-24 años han votado a Macron, reduciéndose sensiblemente el apoyo entre los que tienen 35-49 años (un 57%). En lo que se refiere al nivel de formación, una gran mayoría de los votantes de formación media-alta votaron a Macron (un 81% de los que tienen el título de Bachillerato y, al menos, tres años de estudios más).

Respecto a la renta, votó a Macron una mayoría de los de renta media-alta (el 75% de los que viven en hogares con ingresos superiores a 3.000 euros mensuales), siendo menor el voto a Macron entre los empleados (un 54%) y entre los obreros (un 44% frente al 52% a Le Pen).

La encuesta del Instituto Harris Interactive señala que el 41% de los que han votado a Macron dice que lo hicieron por estar convencidos de que era su opción como Presidente, mientras que un 59% dice que lo votaron por evitar que saliera Le Pen. Finalmente, esa misma encuesta indica que entre los votantes de Macron los temas que predominan son Europa, el empleo y la educación, mientras que, entre los de Le Pen, la inmigración, la lucha contra el terrorismo y la seguridad de las personas y bienes son los temas predominantes.  

En resumen, el votante medio de Macron es un elector joven (aunque con presencia también de votantes mayores), bien formado, de renta media-alta, simpatizante de izquierda (aunque con presencia también de simpatizantes de centro y derecha) y preocupado por los temas europeos, el empleo y la educación.

Legislativas inciertas y probable "cohabitación"

Surge la duda de si el “pacto republicano” funcionará también en las legislativas. Si no es así, y si proyectamos el más del 30% de votos obtenido por Le Pen en esta segunda vuelta de las presidenciales, el FN podría pasar de los dos diputados que tiene ahora en la Asamblea Nacional a casi un centenar, lo que tendría un fuerte impacto en la vida parlamentaria francesa.

Pero aún en el caso de que el “pacto republicano” funcione, puede que no sea el recién creado partido de Macron el que se vea beneficiado, debido a la ya comentada debilidad partidaria de su base de apoyo.

Por eso, es muy alta la probabilidad de que se dé una “cohabitación” entre Macron, como Presidente (en el Palacio del Eliseo), y un Primer Ministro (en el Palacio de Matignon) de otro color político. No es la primera vez que ocurre en Francia. Ya hubo cohabitación de Mitterrand con el gaullista Chirac (1986-1988 y 1993-1995), y de éste con el socialista Jospin (1997-2001), pero ahora, si se produjera, la situación sería diferente.

En esas tres ocasiones, la cohabitación se producía entre los dos grandes partidos en los que se apoyaba la V República (el gaullista y el socialista). Ahora, la situación sería entre un Presidente (Macron) sin una sólida base partidaria (y elegido gracias a votos procedentes de fuerzas políticas distintas de la suya y agrupadas para frenar a Marine Le Pen), y un Parlamento muy fragmentado, del que saldrá un Primer Ministro que tampoco gozaría de una base parlamentaria cohesionada.

Macron y la transversalidad

Sin embargo, la debilidad de Macron podría ser, paradójicamente, su fuerza, si sabe aprovechar su posición de centro reformista en el tablero político francés y es capaz de atraer a su proyecto transversal de reforma a grupos situados tanto a su izquierda, como a su derecha (ver el apartado anterior sobre el perfil del votante de Macron).

Por ejemplo, amplios sectores del socialismo galo (Valls, Hamon, Royal, Aubry,…) podrían sintonizar con el proyecto reformista de Macron. También podrían hacerlo, incluso, algunos de los grupos menos radicalizados de la “France Insoumise” y que abogan por una reforma gradual del sistema político y económico francés.

Por su derecha, tanto el partido centrista de Bayrou (con el que Macron ya tiene firmado un pacto para las legislativas), como los grupos liberales y democristianos del movimiento gaullista “Les Republicains” (Juppé, Fillon, Sarkozy,…), que mantendrá una fuerte presencia en la Asamblea Nacional después de junio, podrían también apoyar, o al menos no oponerse, el proyecto reformador de Macron.

Macron y Europa

Justo hoy 9 de mayo "Día de Europa", la UE espera a Macron como una oportunidad de recomponer el eje franco-alemán desde el respeto mutuo y no de la sumisión a Berlín. Este eje, que ha sido fundamental en el proceso de integración europea, ha estado prácticamente desaparecido en la etapa de Sarkozy y de Hollande ante el dominio absoluto de las políticas de austeridad y ajuste impuestas por Merkel en el marco del Pacto de Estabilidad de la UE. No le va a ser fácil a Macron doblegar la ortodoxia económica alemana, por lo que deberá buscar otros apoyos dentro de la Unión.

Además, en la UE de hoy, el eje franco-alemán ya no puede por sí sólo ser el motor de la integración europea. Debe abrirse a otros países, como España, que tras el Brexit está recuperando protagonismo en la escena europea, y también a Italia, que se colocará de nuevo en el centro del tablero político europeo cuando se lleven a cabo las elecciones de otoño y recupere la estabilidad perdida tras varios meses de provisionalidad ocasionada por la derrota de Renzi en el referéndum sobre la reforma constitucional.

Macron tiene la ocasión de revitalizar un proyecto europeo en horas bajas y de reintroducir en la UE el espíritu de reforma social y no sólo económica, que nunca debió perder y que forma parte de las esencias del proceso de integración. La firme convicción europeísta de Macron y sus seguidores es un elemento esperanzador (banderas de la UE llenaban la plaza del Museo del Louvre, mientras se escuchaba el “Himno a la Alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven), pero se tiene que traducir pronto en hechos.

Los jóvenes europeístas que le han apoyado en Francia, y los que, desde fuera, han visto con satisfacción la victoria de Macron, no pueden esperar. Han sido años de políticas de austeridad y de promesas incumplidas de recuperación, que han provocado el pesimismo y la desafección política en muchos sectores de la ciudadanía europea. Ahora toca equilibrar el proceso de integración recuperando el pilar de la agenda social europea, sin que ello signifique abandonar la disciplina en el pilar económico. Y eso Macron lo ha dejado claro en sus comparecencias públicas durante la campaña electoral.

No obstante, la Europa de 27 países es una maquinaria muy pesada para avanzar al unísono, como sería deseable, y Macron lo sabe. Como ha señalado en la campaña, es más realista pensar en un avance a varias velocidades con un “núcleo duro” de países dispuestos a profundizar en la Unión Económica y Monetaria, en la Agenda Social y en la Union Europea de la Defensa y la Seguridad, y de avanzar en una mayor integración en temas tan candentes como la cuestión migratoria.

Un alivio, por ahora

Se recibe con alivio la victoria de Macron, pero deberíamos sentirnos preocupados por el importante apoyo obtenido por Marine Le Pen. El sistema electoral francés de dos vueltas actúa de dique de contención contra los extremismos. Pero es un dique construido con una amalgama de fuerzas políticas tan dispares, que lo hace vulnerable.

Por eso, para ser consistente, las fuerzas republicanas moderadas a derecha e izquierda deben cohesionarse en torno a un sólido proyecto reformista que, afrontando los graves desequilibrios existentes en la economía francesa, devuelva la confianza en la capacidad de la clase política para reducir la brecha social y mejorar el bienestar de los ciudadanos.

Ese es el reto de Macron. De que lo logre depende el futuro de Francia, pero también el de Europa.

lunes, 1 de mayo de 2017

TODO   POR   DECIDIR  EN  #FRANCIA

Las elecciones presidenciales francesas están zarandeando las bases sobre las que se había construido la V República. El paso a la segunda vuelta de dos candidatos (Emmanuel Macron y Marine Le Pen) que no representan a los dos grandes partidos (socialistas y neogaullistas) en los que se había basado el régimen presidencialista impuesto por el general De Gaulle en 1958, constituye una novedad, y al mismo tiempo abre un escenario de incertidumbre.

Muchos analistas se han apresurado a pronosticar el final del bipartidismo en Francia, pero hay que esperar a las elecciones legislativas de junio para confirmar o desmentir ese aserto, ya que tanto socialistas como neogaullistas conservan aún una poderosa estructura orgánica extendida por todo el territorio francés. No obstante, ambos partidos (que hoy ocupan más del 80% de los escaños de la Asamblea Nacional) saldrán debilitados de las elecciones presidenciales y tendrán que recomponer sus filas rápidamente para afrontar el desafío de las legislativas un mes después. Pensemos que los 577 escaños de la Asamblea Nacional se dirimen en pequeñas circunscripciones (de unos 100.000 electores) donde los partidos compiten a dos vueltas por un solo escaño en cada circunscripción.

La siempre arriesgada introducción de primarias en un partido tan heterogéneo como el socialista PSF (cosido de mala manera por Mitterrand al final de los 1970), abrió en canal las divisiones internas dentro del partido (al enfrentar “aparato” y “militancia”). De hecho, Benoit Hammon, ganador de las primarias frente al candidato oficialista Manuel Valls (Primer Ministro socialista), ha sufrido una estrepitosa derrota en la primera vuelta de las presidenciales, con un escuálido 6% de votos. Su derrota es aún más dolorosa si tenemos en cuenta que ni siquiera ha recibido el apoyo de los principales dirigentes de su partido (tanto Hollande, como el mismo Valls, pidieron el voto para Macron).

Lo mismo, aunque en menor medida, ha ocurrido entre los que esgrimen el legado del gaullismo y se agrupan en el partido Les Republicains (heredero de la UMP creada en 2002 por Jacques Chirac). Alain Juppé, candidato favorito de la plana mayor gaullista, se vio sorprendentemente superado en las primarias por François Fillon, dividiendo las filas republicanas y reduciendo las opciones de éste como candidato de centro derecha a las presidenciales, unas opciones ya de por sí bastante debilitadas por los escándalos de corrupción denunciados durante la campaña. Aunque la derrota de Fillon ha sido honrosa al obtener un 20% de votos, no muy alejado del porcentaje obtenido por Macron (23%) y Le Pen (21%), el fracaso del neogaullismo es innegable, ya que es la primera vez en la historia de la V República que su candidato no pasa a la segunda vuelta.

La victoria de Macron en la primera vuelta

Antiguo ministro de Economía en el gabinete socialista de Valls, del que dimitió al no imponer su programa de reformas económicas, Macron es un verso suelto en la política francesa. Hijo de profesional liberal (médico), fue socialista de base desde 2001 y dejó de serlo en 2015, pero sin ocupar cargos orgánicos dentro del PSF, por lo que su perfil está a años luz de la mayor parte de los dirigentes de los “aparatos” de los partidos. Tiene una excelente formación (se formó en la Escuela Nacional de la Administración) y experiencia en el mundo de las finanzas, lo que convenció al Presidente Hollande para llevarlo, primero, como asesor al Elíseo y, luego, como he comentado, a integrarlo como ministro en uno de sus gobiernos.

Una vez que dimitió del gobierno, Macron ha capitalizado el mensaje transversal de su plataforma electoral “¡En Marche!” (EM, coincidente con las iniciales de su nombre), creada hace solo un año como un movimiento que se presentaba “ni de izquierdas ni de derechas”. También ha capitalizado como su imagen de político joven (39 años) y reformista, y su discurso europeísta y a favor de la globalización.

Esto le ha permitido a Macron atraer al 23% de un electorado joven, proeuropeo, transnacional y cosmopolita, frente al discurso racista, nacionalista, antiglobalización y antieuropeo del Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen (21% de los votos). El FN es un partido que ha penetrado en la Francia profunda y resulta atractivo a sectores descontentos con los efectos negativos de la globalización económica, la llegada de inmigrantes y la hegemonía supranacional de Bruselas.

La actual posición de Macron en el centro del tablero político le ha hecho tener que posicionarse también frente al discurso altermundialista y altereuropeo, de la “France Insoumise" (Francia Insumisa) (FI) del antiguo dirigente socialista Jean-Luc Mèlenchon, quien obtuvo casi el 20% de los votos en la primera vuelta. FI es una heterogénea coalición de comunistas, socialistas radicalizados, trotskistas, ecologistas,… a la izquierda del PSF, muy al estilo de Unidos Podemos (de hecho, Pablo Iglesias ha participado en alguno de los mítines de Mèlenchon).

Sin embargo, al contar sólo con una plataforma electoral (¡En Marche!) y no con un partido sólido (ahí su debilidad), Macron se encuentra ante un escenario complicado sobre el que le llueven apoyos, pero que proceden de campos tan alejados de su programa político de centro reformista, que estarán siempre condicionados por exigencias de todo tipo si es elegido Presidente de la República. La soledad de Macron en la antesala del poder de la V República sería digna de un retrato literario, si no fuera por lo que Francia se juega en ello. No disponer de un partido bien extendido en el territorio será para Macron una debilidad ante las elecciones legislativas de junio. 

La segunda vuelta

Sin embargo, nada está decidido, y las espadas están en alto ante la segunda vuelta del próximo domingo. El alivio que significó en Bruselas la victoria de Macron en la primera vuelta, y el apoyo público a su candidatura por parte de los derrotados Hammon y Fillon, además del llamamiento desesperado de Juppé pidiendo también el voto para frenar a Le Pen, despierta una confianza en la victoria de Macron que, en mi opinión, es exagerada y que debe ser rebajada por varias razones.

a) La primera, por la ambigüedad de Mèlenchon, que no ha expresado todavía públicamente su apoyo a Macron y que puede provocar la desmovilización del voto de izquierda que tan brillantemente supo cohesionar en la primera vuelta. El miedo a que se rompa la compleja coalición “Francia Insumisa” de cara a las legislativas, hace que Mèlenchon no se decida a pedir el voto por Macron, un político cuya trayectoria junto a la élite empresarial y financiera despierta incluso más recelo que Marine Le Pen entre determinados sectores de la izquierda radical, muy dados al discurso antisistema, antinorteamericano y populista (el pueblo frente a la “casta” y la “trama” de las élites políticas, los “pobres” frente a los “ricos”).

De hecho, las últimas encuestas indican que un 20% de los votantes de Mèlenchon en la primera vuelta estarían dispuestos a votar a Le Pen antes que a Macron. Llama la atención que, en las elecciones de 2002, Mèlenchon pidiera el voto para Chirac para frenar a Jean Marie Le Pen en una situación similar a la actual, aunque es verdad que entonces sin la popularidad y el apoyo de que goza ahora el dirigente de izquierda.

b)  La segunda razón se basa en la feroz campaña que está haciendo Le Pen en estos quince días previos a la votación decisiva del 7-M, mostrando un ímpetu, una agresividad y una desfachatez al estilo de Trump (Francia lo primero), cambiando sus promesas sobre la marcha y en función de la coyuntura (por ejemplo, de manera oportunista ha renunciado a la presidencia de su partido FN para presentarse ante los electores como la presidenta de todos los franceses, ha retirado su intención de sacar a Francia del euro). 

Su estilo contrasta con el de Macron, más “suave”, más racional, menos dado a la demagogia y más proclive a confiar en las bondades de la globalización y en seguir integrados en la UE (dos referencias que cotizan a la baja en el mercado político de hoy). Me temo que el estilo Le Pen, capaz de seguir cohesionando a ese 21% de votantes de la primera vuelta, sea también atractivo a otros sectores del electorado a izquierda y derecha, más identificado con el discurso populista, antieuropeo y de repliegue nacionalista, que con el más abierto, cosmopolita y proeuropeo de Macron.

Por eso está siendo importante la citada ambigüedad de Mèlenchon ante la segunda vuelta, ya que puede dejar a la intemperie a muchos votantes de izquierda impregnados, como los “lepenistas”, del discurso antieuropeo, nacionalista y antiélites, y que, si bien por barreras ideológicas, no votarán a Le Pen, pueden irse a la abstención o al voto en blanco.

c)  La tercera razón estriba en la capacidad (o incapacidad) de los líderes gaullistas Fillon y Juppé para seducir a sus votantes de derecha para que se inclinen por Macron por el “bien de Francia”, que es un discurso típico del gaullismo, pero que cada vez más es capitalizado por el Frente Nacional (el pacto de Le Pen con el disidente gaullista Nicolas Dupont-Aigan, que obtuvo casi un 5% de los votos en la primera vuelta, es sintomático).

No podemos tampoco olvidar  que, lejos de la cohesión mostrada por el gaullismo desde que el General De Gaulle creara a final de los años 1950 el movimiento UNR, el actual Les Republicains es una compleja organización donde conviven familias políticas de centro y derecha que están poco cohesionadas en torno a un programa claro y que carecen de un fuerte liderazgo. Ello hace que sea difícil de pronosticar qué van a hacer en la segunda vuelta los que votaron por Fillon y se sienten cercanos al discurso nacionalista y ultraconservador de Le Pen.

En esos tres factores va a estar la clave de lo que ocurra el próximo domingo, y es por eso que señalo la incertidumbre del resultado, por cuanto que ninguno de dichos factores lo controla el candidato favorito Macron. Todo está abierto en las elecciones más inciertas de la historia reciente de Francia, y decisivas para el futuro de la Unión Europea.

martes, 4 de abril de 2017

#RENTA BASICA
 (versión ampliada del artículo publicado en el Anuario 2017 del Diario Córdoba)


El debate sobre la “renta básica” ha llegado para quedarse, ya sea como renta básica “universal” (RBU), extendida sin condiciones a todos los ciudadanos (con independencia del nivel de sus ingresos), ya sea como renta básica “condicionada” (RBC), vinculada al cumplimiento de algunos requisitos (edad, mínimo de renta, situación de desempleo,…).

La discusión sobre la necesidad de garantizar a la ciudadanía, de forma regular y no excepcional, unos ingresos mínimos con cargo al erario público, se ha intensificado en los últimos años. La fuerte devaluación salarial que se está produciendo en los países europeos para hacer frente a la competencia de la economía global, junto a las poco halagüeñas perspectivas a corto plazo sobre el empleo no cualificado debido a la revolución cibernética y la expansión de la robótica, justifican la existencia de un debate político sobre la renta básica en alguna de sus variantes.

La propuesta de introducir algún tipo de Renta Básica tiene raíces antiguas (ya en 1792 la planteaba el filósofo y político liberal estadounidense Thomas Paine, y al final de la I Guerra Mundial el filósofo británico Bertrand Russell hablaba de ella). Más tarde, un economista neoliberal como Milton Friedman proponía en su libro "Capitalismo y Libertad" (publicado a principios de los años 1970s) una renta mínima garantizada para los grupos más vulnerables de la población, a la cual llamaba "impuesto negativo de la renta". 

La idea de Renta Básica en su vertiente "universal y no condicionada" cogió vuelo en los años 1990, si bien entonces circunscrita al ámbito académico (van Parijs, van der Veen, Lipietz, Raventós, Domenech,…) y a algunos partidos (como el de Los Verdes en Alemania).

El vuelo de la Renta Básica en su doble vertiente (universal o condicionada) remonta ahora en el contexto de la larga crisis económica que padece el capitalismo, siendo planteada desde foros cada vez más amplios (ver el libro “Utopía para realistas” del holandés Rutger Bregman, recientemente publicado en España). Por ejemplo, el Foro de Davos, en su última reunión (enero 2017), habló precisamente del tema de la conveniencia de implantar algún tipo de Renta Básica, dado que se prevé una importante pérdida de empleos como consecuencia de la digitalización y automatización del trabajo.

El debate sobre la Renta Básica se está extendiendo a la agenda política de todos los partidos. Incluso en algunos países, como Finlandia, ya se está aplicando la renta básica universal (RBU) de forma experimental a una muestra de 2.000 ciudadanos, al igual que en la provincia canadiense de Ontario.

En Francia, la promesa de una Renta Básica (universal o condicionada) está siendo uno de los ejes de la campaña para las presidenciales de varios candidatos, entre ellos Hammon, reciente vencedor de las primarias en el partido socialista (PSF), y Macron, salido también de las filas socialistas.

En España, el último Informe elaborado por la Comisión Europea muestra cómo se ensancha la brecha entre el 20% de la población con más renta y el 20% de los que tienen rentas más bajas. También muestra cómo el Coeficiente Gini de ingresos disponibles (índice que mide la desigualdad) ha aumentado en España casi un 30% desde 2008, situándose hoy en un 0,346 (un 17% superior a la media europea).

Asimismo, según estimaciones de la OCDE, la población en riesgo de pobreza alcanza ya en España al 28,6% de la población total, destacando el hecho de que el 13,1% de las personas que tienen trabajo, también están en riesgo de exclusión social. Ello significa que, debido a la temporalidad de los contratos y los bajos salarios, tener empleo no es garantía de salir de la pobreza o la exclusión (ver en este sentido el artículo de José María Maravall publicado en el diario El País el pasado 29 de marzo).

No es sorprendente, en ese contexto, que partidos como Podemos y PSOE propongan, con algunas variantes, aplicar alguna modalidad de Renta Básica. Tampoco debe sorprender que Cs incluyera en su programa electoral de las pasadas elecciones la propuesta de un “complemento salarial garantizado”, que es una especie de renta básica condicionada dirigida a las personas empleadas cuyos salarios no alcancen el mínimo necesario para asegurarles unas condiciones dignas de vida (ver el texto publicado en este blog el 27/11/2016). Por su parte, los sindicatos CC.OO. y UGT han presentado una iniciativa parlamentaria de renta mínima de inserción para personas sin recursos económicos.

Lo que, inicialmente, fue una propuesta de la izquierda alternativa, se ha extendido a todo el arco político. Incluso sectores de la derecha liberal se han apropiado de la idea de la “renta básica” con el objetivo de reducir la dimensión del Estado de Bienestar, utilizando el argumento de que si se le da a los ciudadanos una renta básica, éstos podrán financiar con ella servicios que presta el Estado y que pasarían a la esfera privada.

En el libro "Give a man a fish" (2015) sobre las políticas sociales de redistribución en los países del Africa subsahariana, su autor J. Ferguson plantea la conveniencia de dar a la población alguna renta garantizada, cambiando así el tradicional esquema de "Darle una caña en vez de un pez", por el de "Es mejor darle un pez", dado el limitado éxito que han tenido los programas de desarrollo impulsados por el Banco Mundial.

No obstante, dada la variedad de modalidades de RB que existe en el mercado político, creo oportuno clarificar lo que se nos ofrece, para, así, poder valorar la calidad y viabilidad del producto. Lo primero que hay que distinguir es entre “renta básica universal” (RBU) y “renta básica condicionada” (RBC).

La renta básica universal (RBU)

Lo que caracteriza a la renta básica "universal" (RBU) son dos cosas: i) que es un derecho de ciudadanía, y no una concesión del Estado (lo que exigiría incorporarlo al texto constitucional de los países donde se aplicara); y ii) que es una renta que reciben todos los ciudadanos con independencia de su nivel de ingresos y sin que se les exija nada a cambio ni tener que cumplir ningún requisito, salvo el de residir en el país correspondiente.

Sería, además, una renta compatible con otro tipo de prestaciones a las que el ciudadano tiene derecho por haber contribuido a ellas (por ejemplo, la pensión de jubilación). Sus defensores se agrupan en una red internacional denominada BIEN (Basic Income Earth Network), cuyo último congreso se celebró en Seúl en julio de 2016.

La RBU tiene una base filosófica y otra instrumental (para más información recomiendo la lectura de un artículo de L.A. Echevarría y D. Raventós sobre este tema, publicado en la revista digital CTXT el 18/01/2017).

La base filosófica de la RBU se inspira en los principios del “republicanismo” (ver los trabajos de Michel Pettit sobre esta perspectiva filosófica), para el cual la libertad real de las personas descansa en la no dependencia, es decir, en no tener que depender de otro para poder elegir el modo de vida que cada uno desee. Según esto, sólo la RBU garantiza esa libertad en tanto que es un derecho que se ejerce sin recibir ningún tipo de imposiciones por parte de quien hace la prestación (el Estado).

La base instrumental de la RBU se refiere al hecho cada vez más evidente de que el mercado laboral ya no garantiza las rentas necesarias para generar la demanda que precisa el sistema capitalista. Además, la existencia de una amplia masa de desempleados o de empleados con salarios bajos sería una amenaza para el funcionamiento del capitalismo del siglo XXI. Desde un punto de vista instrumental, para los defensores de la RBU sería necesario, por tanto, asegurar una renta mínima a toda la población, que le garantice un poder adquisitivo para comportarse como buenos e idóneos consumidores de bienes y servicios.

Dado su alcance y el carácter innovador de la RBU, que rompe con los esquemas tradicionales de las políticas sociales, es una propuesta que encuentra serias resistencias a ser aceptada, planteándose dudas sobre su viabilidad y sobre la imprevisibilidad de sus efectos una vez llevada a la práctica.

Una de esas dudas radica en si la economía de un país, como el nuestro, puede financiar una medida de tan elevado coste como ésta al extenderse a toda la población con independencia de sus ingresos. Las cifras varían según diversos estudios y en función del nivel en que se fije su cuantía, pero cabe estimar su coste en torno al 10% del PIB para una RBU de 7.000 euros anuales por persona. A esto, los partidarios de la RBU responden que sí se puede financiar, siempre que el Estado sea capaz de recaudar más mediante una subida de la presión fiscal y un mejor control del fraude. Señalan, además, que su aplicación tiene muchos menos costes administrativos que las otras formas de prestaciones sociales, y que significaría una reducción del gasto al suprimirse prestaciones no contributivas con la implantación de la RBU. Señalan también que las personas con un nivel alto o medio de ingresos pagarían más impuestos al recibir la RBU, y eso haría aumentar la recaudación fiscal.

Otra duda tiene que ver con el efecto disuasorio que puede generar en la población respecto a la búsqueda de empleo, actuando como un incentivo de carácter negativo. A ello responden los defensores de la RBU con argumentos ideológicos (el objetivo de la RBU, dicen, es precisamente desvincular las condiciones de vida de la realización de un trabajo asalariado) o instrumentales (todo depende de la cuantía de la RBU, ya que si no es elevada, el beneficiario siempre querrá trabajar para complementar sus ingresos, aunque, al disponer de esa renta garantizada, no se verá obligado a aceptar cualquier trabajo).

Por último, y desde el lado de la izquierda política se plantea la duda de si la RBU puede tener como efecto no deseado un desmantelamiento del Estado de Bienestar. A esta crítica, los partidarios de la RBU responden que una condición de este tipo de renta básica es precisamente mantener los servicios públicos básicos (sanidad y educación) y no admitir recortes a cambio de su implantación. De hecho, en el citado congreso de Seúl, la red BIEN manifestó su firme oposición a que la RBU signifique la supresión de servicios públicos o la eliminación de derechos sociales.

Tales dudas sobre la RBU explica el interés en llevar a cabo experiencias piloto como las ya comentadas de Finlandia o Canadá, para medir en la práctica sus posibles efectos.

Las rentas básicas condicionadas (RBC)

Las formas de renta básica que no son universales, sino condicionadas (RBC), no constituyen novedad alguna, y responden de algún modo a las dudas generadas por la RBU entre los que no son sus más fieles partidarios. 

Las RBC están en el mercado político desde hace tiempo, si bien con bastantes restricciones. Lo que las caracteriza es que, a diferencia de la RBU, no son un derecho de ciudadanía. Esto significa que su concesión queda al arbitrio del gobierno de turno.

Las RBC están, además, como he señalado, condicionadas al cumplimiento de algún tipo de requisito por parte de quien la reciba (la edad, un determinado nivel de renta, estar en situación de desempleo, tener cargas familiares,…). Lo único que varía entre los distintos tipos de rentas básicas “condicionadas” es la cuantía de las percepciones y el requisito exigido al beneficiario, así como su duración (siempre limitada) y el modo de ser financiadas por el Estado (vía impuestos generales o especiales).

La base justificativa de este tipo de rentas básicas no universales, sino condicionadas (RBC), no es ideológica, sino instrumental, lo que explica que sean aplicadas con independencia del color político del partido que gobierne. En el caso español, tanto el PSOE, como el PP y el PNV, vienen aplicando este tipo de prestaciones sociales allí donde gobiernan, si bien, como he señalado, con importantes restricciones y exigencias a sus potenciales beneficiarios.

Las RBC se proponen como una vía para asegurar un mínimo de ingresos a familias que han agotado sus fuentes de renta hasta el punto de estar en situaciones de pobreza y exclusión o con riesgo de caer en ella. Se justifican por el hecho de que el sistema capitalista no puede funcionar con un amplio sector de población sin suficiente poder adquisitivo para ejercer su función de consumidores, y por considerarse que una situación muy extendida de pobreza y exclusión es un riesgo elevado de conflicto social. El citado “complemento salarial garantizado” propuesto por Cs (y recogido en el actual proyecto de presupuestos generales, aunque limitado con carácter experimental a los empleados menores de 30 años) entraría dentro de la categoría de RBC, al igual que las “rentas mínimas de inserción” o el “ingreso mínimo vital” que propone el PSOE.



En definitiva, el debate sobre la Renta Básica en sus distintas variantes (universal o condicionada) está abierto. Conviene prestarle atención, y no ignorarlo, ya que, sea por motivos ideológicos o instrumentales, reúne argumentos suficientes como para formar parte de la agenda social y política en los tiempos actuales. Ambos tipos de Renta Básica ofrecen fórmulas diferentes de garantía social. El debate está servido. Elijamos, pues, la que consideremos mejor opción, o ninguna si no se está de acuerdo con esta política de protección.