martes, 18 de julio de 2017

SOBRE  EL  DESPOBLAMIENTO  RURAL EN  ESPAÑA

(Una versión más amplia puede verse en el artículo "¿Está vacía la España rural?" publicado en el Anuario 2017 de la Fundación de Estudios Rurales)


La mejora de las comunicaciones viarias y de los servicios (educación, salud,...), así como las crecientes dinámicas de interacción rural-urbana que han acompañado al fuerte proceso de cambio ocurrido en nuestro país en los últimos cincuenta años, han dado lugar a una mayor convergencia entre el medio rural y el medio urbano.

Esto ha hecho que se haya superado el tradicional discurso ruralista, que anteponía una España rural (símbolo del atraso, la pobreza y el aislamiento) y una España urbana (símbolo de la modernidad y el dinamismo cultural).

Ello no impide reconocer que el medio rural continúa siendo un espacio geográfico singular, cuya singularidad radica en la existencia de municipios de tamaño relativamente pequeño (menos de 10.000 habitantes) y de un hábitat disperso y de menor densidad poblacional (menos de 100 hab/km2), en contraste con las aglomeraciones urbanas.

Los espacios rurales continúan marcados, además, por la presencia dominante del paisaje natural y por una intensa interacción de la población rural con la naturaleza, debido sobre todo al predominio de la actividad agraria.

Un ruralismo revisitado

Sin embargo, está surgiendo ahora un nuevo discurso ruralista de la mano de algunos trabajos periodísticos (como el de Sergio del Molino con su libro “La España vacía”), de reportajes televisivos (como el titulado “Tierra de nadie” del programa “Salvados” de Jordi Evole) o de algunas obras literarias (como las novelas de Julio Llamazares, la de Francisco Cerdá “Los últimos” o la más reciente de López Andrada “El viento derruido”).

A diferencia del viejo discurso ruralista, y ante la imposibilidad de mantener hoy, por irreal, la idea del atraso y la pobreza como rasgo del medio rural español, los que reactivan actualmente el ruralismo lo envuelven ahora en el manto del despoblamiento y el abandono de algunos pueblos rurales.

Es verdad que la diversidad del medio rural español es tan grande, que siempre es posible encontrar pueblos o territorios abandonados que den pábulo al periodismo de denuncia bien intencionado o a cualquier construcción literaria inspirada en la nostalgia del pasado o en el sentimiento del paraíso perdido, como forma de compensar el malestar de la vida en la gran ciudad. Tales escenarios literarios son marcos de libertad creativa que no tienen por qué ser representativos de nada, ya que su misión es servir al objetivo final del artista. Hasta aquí nada que objetar al nuevo discurso "ruralista" revisitado por estos escritores.

El problema es cuando una categoría literaria o periodística sobrepasa el terreno de la ficción o de la simple denuncia, y aspira a convertirse en la expresión realmente fidedigna de una realidad social. Para ello, es necesario ampliar el análisis, asumir la diversidad de los hechos sociales, comparar situaciones y apoyarse en datos empíricos sólidos, que es lo que se suele hacer en el ámbito de las ciencias sociales (ver en este sentido el artículo “La España profunda” del geógrafo Fernando Molinero, publicado el pasado 12 de julio en el Anuario de la Fundación de Estudios Rurales).

El citado programa de Jordi Evole o el libro del mencionado Sergio del Molino, representan, sin duda, una llamada de atención, una toma de conciencia sobre los problemas de los pequeños pueblos rurales y de las zonas más interiores de nuestra ruralidad.

Pero no podemos evitar cierta incomodidad con estos trabajos por lo que significan de simplificación de una realidad que es mucho más variada y compleja de la que muestran. Nos preocupa que, poniendo el foco de atención en los casos más llamativos y de más potencial dramático, se esté dando una imagen distorsionada del medio rural español ignorándose amplios territorios cuyos problemas no son los del despoblamiento y el abandono, sino de otra índole.

Como señala García Alvarez-Coque, en su artículo “Serranía Celtibérica”, publicado en Agronegocios el pasado 16 de abril, no debería interesarnos sólo por qué, en lo que llevamos de siglo, más de un millar de municipios de esa comarca han perdido población, sino por qué se ha mantenido o incluso ganado población en más de 2.000 localidades.

En esta misma línea de reflexión, considero más interesante fijarse en los municipios que no se despueblan, que lamentarse por los que están vacíos y abandonados, procurando conocer las causas del porqué hay territorios rurales que se mantienen vivos y activos y en los que su población muestra un evidente dinamismo.

El despoblamiento entra en la agenda política

No obstante, es un hecho innegable que existen pueblos vacíos y en claro riesgo de ser abandonados, tal como lo ha señalado el informe de la Federación Española de Municipios y Provincias, que sitúa en 4.000 el número de municipios en peligro de extinción a corto y medio plazo.

Ya la Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural (diciembre de 2007) identificaba 105 comarcas “a revitalizar” por tener serios problemas reales de despoblamiento, y otras 84 comarcas calificadas de “intermedias” por estar en riesgo de abandono.

Es verdad que no es lo mismo hablar de municipios vacíos, que de comarcas despobladas, pues en estos temas la escala importa. Pero nadie en su sano juicio puede negar la evidencia de este problema en algunas áreas rurales de nuestro país. De hecho, el problema del despoblamiento en la España rural ha entrado en el debate político, y eso es también una buena noticia, ya que se asume como un problema de Estado y no como un problema local o regional.

El Senado ha creado una Comisión Especial sobre este tema, y en la VI Conferencia de Presidentes de Comunidades Autónomas se acordó la elaboración una Estrategia Nacional a ese respecto, dando lugar a que el Gobierno Rajoy creara un Comisionado presidido por Edelmira Barreira.

Un mundo rural diverso

Sin embargo, además de las comarcas y municipios en riesgo de despoblamiento, existen en nuestra geografía muchos otros territorios rurales donde no es ése el problema que les afecta, sino de otro tipo.

En estos territorios viven agricultores que se esfuerzan diariamente por sacar adelante sus explotaciones, luchando contra la pérdida de rentabilidad de la agricultura, la imposición de los precios agrícolas por parte de las grandes cadenas alimentarias, la debilidad de las fórmulas asociativas, el relevo generacional en las explotaciones agrarias, los efectos negativos del cambio climático, la erosión de los suelos, la escasez de recursos hídricos,…

Y existen también territorios que son hoy un ejemplo de dinamismo social y económico y de innovación. En ellos, nuevos agentes económicos encuentran en los pueblos rurales ventajas competitivas para el desarrollo de proyectos empresariales, así como jóvenes emprendedores aprovechan los espacios rurales como oportunidades de negocio en ámbitos muy diversos (deportes de naturaleza, actividades recreativas, artesanía, turismo rural,…).

Asimismo, profesionales de los más variados oficios (carpintería metálica, escayolistas, alicatadores, electricistas,…) residen en sus pueblos, y gracias a la mejora que han experimentado las infraestructuras viarias, se desplazan diariamente a los núcleos urbanos para desarrollar las actividades que le son propias.

Un despoblamiento desigual y diferenciado

Hay, sin duda, territorios vacíos y despoblados en la España rural que requieren ser tratados con planes específicos de desarrollo con la finalidad de intentar reactivarlos. Pero en no pocos territorios continuará el proceso inexorable de despoblamiento de sus pequeños municipios sin posibilidad alguna de invertir esa tendencia.

En estos casos, puede que no tenga sentido volcar esfuerzos y recursos en reactivar algo que está condenado a desaparecer por la ley de los tiempos que le ha tocado vivir. No se puede aspirar en España a mantener viva una estructura muy desigual de municipios, que procede de la Edad Media y que nunca ha sido objeto de una ordenación racional y moderna, a diferencia de lo que se ha hecho en otros países de nuestro entorno.

En un contexto de recursos públicos escasos en el que hay que establecer prioridades, es preciso definir en cada tipo de espacios rurales las estrategias más adecuadas de inversión en infraestructuras y equipamientos (centros escolares y de salud,...), planteándolas siempre a una escala comarcal y no municipal, y con criterios de racionalidad y eficiencia.

En algunas comarcas, se tendrá que emplear recursos públicos para avanzar en el proceso de modernización de la agricultura, promover el relevo generacional, impulsar los modelos asociativos y favorecer la renovación formativa de los agricultores para que estén más capacitados para acceder al mundo digital y de las nuevas tecnologías.

En otras comarcas, habrá que diseñar estrategias integrales de desarrollo, que favorezcan la interacción rural-urbana, la diversificación de actividades (agrarias y no agrarias), la instalación en el medio rural de nuevos emprendedores,… facilitándoles la movilidad y el transporte.

Habrá también territorios en los que la fuente de supervivencia de las familias que en ellos residen descansa en los ingresos obtenidos de manera temporal por la afluencia de visitantes en determinadas épocas del año (fines de semana y/o periodos vacacionales) que buscan lugares de ocio y esparcimiento. En estos casos habrá que promover planes de habilitación de las casas rurales para que sirvan de acogida a esos visitantes, extendiendo la banda ancha de las telecomunicaciones por todo el territorio.


Pero habrá, como he señalado, territorios condenados sin remisión al despoblamiento, en los que sólo cabe aplicar medidas paliativas para que, en consenso con las poblaciones locales, ese proceso se produzca con el menor daño posible para los que allí viven.

lunes, 26 de junio de 2017

EL  #CETA  COMO  SINTOMA  DEL  NUEVO  PSOE

La decisión del PSOE de abstenerse en la votación del Pleno del Congreso de los Diputados sobre el CETA (tratado entre la UE y Canadá) es un síntoma de lo que sucede en las filas socialistas tras la victoria de Pedro Sánchez en las primarias. Hay prisa en la nueva dirección por ocupar el espacio de la izquierda, y cualquier atajo vale. Y eso no siempre es bueno. El dicho popular de “vísteme despacio que tengo prisa” quizá sea un buen consejo para el nuevo PSOE, al que habría que recomendar calma, mucha calma, si quiere ser una alternativa fiable al PP.

Como ha señalado Fernando Vallespín en un reciente artículo publicado en el diario El País (“Ser de izquierdas”, 23/06/2017), el nuevo PSOE se ve obligado a sobreactuar para ir ocupando el espacio que dejó vacante tras las “idus de octubre” y evitar que se lo ocupe Unidos Podemos.

Pero, en el gran teatro de la política, las sobreactuaciones tienen que hacerse bien, con buenos actores y con interpretaciones solventes que hagan creíbles a los personajes y al relato que pretenden representar en el escenario. Por ejemplo, en el debate de la moción de censura de Unidos Podemos contra Rajoy, la interpretación del portavoz socialista Ábalos fue impecable, por su solvencia, su desenvoltura y su puesta en escena.

Sin embargo, no se puede decir lo mismo en el caso de la decisión de abstenerse en la votación sobre el CETA. Ofrece poca credibilidad una decisión apenas debatida en el pasado congreso socialista, y anunciada por twitter por la presidenta del partido Cristina Narbona, cuando todos sabemos el papel nada ejecutivo que desempeña este cargo en la estructura del partido socialista.

Tampoco ofrece credibilidad un giro de esta naturaleza, cuando días antes la portavoz del PSOE en la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados había expresado su voto a favor del CETA y había alabado las bondades de un tratado que los propios eurodiputados del PSOE habían votado a favor en el Parlamento Europeo (PE) el pasado febrero.

Entonces, los eurodiputados socialistas, con Ramón Jáuregui al frente, señalaron que había que apoyar el CETA por ser un tratado de los llamados de “segunda generación”. Un tratado cuyo objetivo no es sólo eliminar aranceles y jugar sin más al libre comercio, sino precisamente regular las relaciones comerciales entre la UE y Canadá y establecer reglas para evitar la globalización salvaje (Un análisis de este tipo de tratados, entre ellos el TTIP, puede verse en el texto publicado en este blog el 05/06/2016).

No es extraño, por tanto, que este cambio de posición haya dejado perplejos a más de uno y confundidos a muchos analistas sobre las verdaderas razones del giro del PSOE en este tema de tanta importancia. Además, ha creado un fuerte malestar dentro del partido, especialmente entre el grupo de eurodiputados socialistas, y ha hecho dudar de la credibilidad del PSOE a nivel europeo.

Las razones expuestas por Manuel Escudero (responsable del área de política económica de la Ejecutiva socialista) para explicar lo que denomina “abstención razonada” sobre el CETA, no han resultado convincentes. Su apelación a la vaga resolución del 39 Congreso socialista de "establecer altos estándares sociolaborales y medioambientales en todo tratado comercial futuro", no se sostiene, por cuanto que el CETA no es un futuro tratado, sino que está ya aprobado, ha entrado en vigor, aunque provisionalmente, y sólo está pendiente de ratificación por los Estados miembros de la UE.

El CETA puede ser cuestionado, sin duda, y hay aspectos del mismo que pueden generar preocupación (por ejemplo, el tema de los sistemas de arbitraje semipúblicos). Pero, después de siete años de negociaciones, en las que los eurodiputados (entre ellos, los socialistas españoles) han introducido cambios importantes en el proyecto inicial, hay que explicar por qué se produce ahora el cambio de posición del PSOE.

Como el CETA no ha cambiado desde la votación de febrero en el PE, y tampoco ha cambiado la positiva consideración de los socialistas por Canadá (un país valorado hasta ayer mismo como adalid de la defensa del medio ambiente, ejemplo de la multiculturalidad y la acogida de refugiados, y referencia de la sostenibilidad ambiental y de la economía verde, siendo su primer ministro Trudeau calificado como la antítesis de Trump), cabe preguntarse, por tanto, qué es entonces lo que ha cambiado en el PSOE para que dé este giro.

Puede que el cambio de posición del PSOE respecto al CETA sea sólo una simple sobreactuación (como parece, al decidirse sólo por abstenerse, sin poner en riesgo la aprobación del tratado). Pero si es sólo eso, permítanme que exprese mi desagrado con el modo como ha sido representada en el escenario de la política. El “nuevo” partido de los militantes, como preconiza la nueva dirección socialista, se comporta en un asunto de tanta importancia como el “viejo” partido, tomando decisiones desde la cúpula sin debatirlo con la militancia.

Pero se podría pensar que no hay sobreactuación, sino que es el juicio sobre la globalización económica y el libre comercio lo que se ha modificado en el PSOE. Las declaraciones de los nuevos dirigentes del PSOE para justificar su rechazo al CETA, arguyendo que es un acuerdo comercial guiado por los intereses de las grandes multinacionales y que será una puerta abierta a que los mercados se impongan sobre los gobiernos y los ciudadanos, recuerdan las que en su día planteaban los partidos comunistas al proyecto de integración europea calificándolo de la “Europa de los mercados” frente a la “Europa de los ciudadanos”, y que justificaban su rechazo a integrarse en la entonces CEE.

Entonces, los partidos socialdemócratas defendieron el proyecto europeo (bien es verdad que con algunas reservas iniciales), apostando por su naturaleza política y no sólo económica y considerando que la creación de un mercado común debería ser el primer paso hacia la integración política. Era la apuesta por una integración que, a duras penas, se ha ido produciendo, y que, con todas sus limitaciones, es hoy un hecho en muchas áreas (agricultura y desarrollo rural, cohesión territorial, moneda única, libre circulación de personas, protección del medio ambiente,…).

Pero ahora los nuevos dirigentes del PSOE parecen distanciarse de la que ha sido la posición del partido en estos temas. Este giro también está ocurriendo en otros partidos socialistas europeos (por ejemplo, los británicos o los franceses) con desigual éxito. De hecho, refleja las dificultades que encuentra actualmente la socialdemocracia para afrontar los problemas del proceso de globalización económica, asumiendo, ya sea por oportunismo o por meras razones tácticas, los discursos de los movimientos y organizaciones más críticas con ese proceso.

Todos los partidos tienen derecho a cambiar de posición cuando cambia el escenario donde emprender la acción política, ya que si no lo hacen, corren el riesgo de quedarse obsoletos. Pero deben hacerlo explicando las razones que les llevan a ello, para evitar dar la imagen de partidos erráticos y de posiciones volubles.

Si el cambio del PSOE en este tema es puro tacticismo frente a Unidos Podemos, creo que no le sirve para consolidar una posición autónoma y creíble respecto a este otro partido con el que pugna por el liderazgo de la izquierda, ya que da la sensación de seguidismo y de que la agenda socialista está siendo marcada por Pablo Iglesias y su grupo. Pero si es el síntoma de un cambio estratégico, creo que debería ser objeto de un debate más profundo en el seno del PSOE.

Este asunto es demasiado importante como para despacharlo con un simple twitter y una rueda de prensa de un miembro de la Ejecutiva. Haciéndolo así, el PSOE pierde credibilidad como partido con vocación de gobierno, no sólo ante sus posibles votantes, sino ante los demás socios europeos.

Y la pierde también ante los técnicos de la Comisión y el Parlamento europeos, que han dedicado mucho esfuerzo para sacar adelante un tratado que está ya en vigor y que pone las bases de una colaboración entre la UE y Canadá, uno de los países más respetados en la esfera internacional y de mayor cercanía con los valores europeos.

lunes, 12 de junio de 2017

AMANCIO   ORTEGA   Y   LA   #SANIDAD   PÚBLICA

Desde las asociaciones de defensa de la sanidad pública, se ha criticado, hasta incluso proponer su rechazo, la donación de más de 300 millones de euros de Amancio Ortega para financiar inversiones en equipamientos en el área de oncología de las distintas Comunidades Autónomas.

Pero desde esa misma posición, se puede aceptar la decisión del dueño de Zara sin caer en la incoherencia respecto a la defensa del sistema público de salud. Esto es lo que me propongo en este breve artículo.

El área de salud es quizá el único de la política pública que está sometido a una presión insoportable debido al aumento exponencial del gasto. Y esto se debe al inexorable avance de la investigación médica y farmacéutica, a la necesidad imperiosa de incorporar los nuevos hallazgos científicos y tecnológicos, y al creciente aumento de la esperanza de vida de una población que requiere más y mejores atenciones en las etapas finales de su existencia.

Mientras que una reducción del gasto público en infraestructuras o en educación conlleva efectos que se perciben a medio o largo plazo, los recortes en sanidad tienen efectos inmediatos, que son percibidos de manera clara por la población, y que provocan reacciones críticas e incluso indignadas contra los responsables políticos. Es por ello que el de la salud es un área de la política pública de las consideradas “calientes”, siendo proclive a convertirse en un terreno de confrontación política.

Sin embargo, los recursos públicos son limitados, y ningún país, por muy boyante que sea su economía, puede atender de manera adecuada las demandas crecientes del sistema público de salud, debido precisamente, como he señalado, al incremento exponencial del gasto en este área. Por eso, los poderes públicos buscan fórmulas diversas para hacer frente a esta realidad, y evitar el deterioro de la calidad de los servicios sanitarios.

Desde la privatización pura y dura de determinados servicios, hasta la firma de convenios con entidades privadas para sacar del ámbito de los hospitales públicos determinadas prestaciones, pasando por la redefinición de la cartera de servicios básicos o por el copago sanitario y/o farmacéutico, los gobiernos buscan salidas al colapso que puede producirse cuando las cuentas del sistema público de salud no puede cubrirse con los ingresos fiscales. 

El mayor o menor énfasis en una u otra de esas fórmulas depende, sin duda, de la ideología del partido que gobierna. Sin embargo, cada vez más se observan convergencias en las políticas sanitarias de los distintos partidos, y apenas pueden observarse grandes diferencias entre ellos cuando asumen responsabilidades de gobierno. Por ejemplo, conciertos con entidades privadas existen en Comunidades Autónomas donde gobierna el PP, pero también donde gobierna el PSOE. Lo mismo cabe decir del copago o de la redefinición de la cartera de servicios básicos.

A diferencia de otros países, en España no se ha desarrollado suficientemente la cultura del mecenazgo, por lo que aún tiene que estar mejor regulada. Sólo algunas fundaciones de entidades financieras (como Caixabank, el BBVA o el Banco de Santander) o aseguradoras (como la Fundación MAPFRE), tienen programas de mecenazgo en el ámbito de la cultura o de la política social, o en la financiación de algunas becas o proyectos de investigación científica.

No es frecuente en nuestro país que particulares intervengan en el área del mecenazgo, lo que explica el impacto mediático que ha tenido la decisión de Amancio Ortega de donar una cantidad considerable a la adquisición de material y equipo en los servicios públicos de oncología. Lo que en otros países es habitual (pensemos en la labor de mecenazgo de la Fundación Bill y Melinda Gates), en España resulta tan extraño, que se duda de las buenas intenciones de unas donaciones a las que se les califica de “filantropía barata” o de las que se sospecha oscuros fines de lavado de imagen o de evasión fiscal.

Eso está ocurriendo con la donación del dueño de ZARA, que, junto a los que la elogian y agradecen, se encuentran los que la rechazan. El rechazo se basa en dos argumentos: uno, que lo que deben hacer los empresarios y propietarios de grandes fortunas como Amancio Ortega es pagar más impuestos y ofrecer a sus trabajadores unas condiciones laborales dignas; y otro, que el sistema público de salud no debe abrir la puerta a esas donaciones, sino recibir una adecuada financiación por parte de los poderes públicos. La controversia ha llegado incluso al ámbito de la política, hasta el punto de que algunos partidos (como Unidos Podemos de Navarra) se han manifestado en contra de aceptar la donación de Ortega.

Creo que el debate está errado. Como he afirmado al principio, el sistema público de salud necesita fuentes diversas de financiación si queremos que mantenga el alto nivel que ha alcanzado en nuestro país. Todos los españoles nos sentimos orgullosos de nuestro sistema público de salud, especialmente cuando se pasa por la experiencia de ser usuarios directos del mismo o de haber acompañado a algún familiar en situación de enfermedad grave. Sin embargo, somos conscientes de que es una joya frágil, que puede deteriorarse si no se le presta la debida atención y se le dedica los recursos necesarios.

Y para eso hay que explorar todas las fuentes posibles de financiación para que funcione prestando unos servicios de calidad. Para un enfermo de cáncer poco le importa si el servicio que recibe es público o privado, o si los recursos que financian los costosos equipos médicos proceden de la donación de un particular. Lo que le interesa es que el derecho a la sanidad sea un derecho de ciudadanía protegido por los poderes públicos, y que el servicio que reciba sea de calidad.

Bienvenida sea la donación de Amancio Ortega, y ojalá eso anime a otras personas a practicar el mecenazgo, y no sólo en el ámbito sanitario, sino en otras áreas.

No mezclemos churras con merinas. Es evidente que, como cualquier ciudadano, los empresarios deben pagar los impuestos que les corresponden y deben tratar a sus trabajadores de acuerdo con la normativa laboral vigente, y si no lo hacen, que caiga el peso de la ley sobre ellos.

Los gobiernos deben dedicar los recursos que sean necesarios para financiar unas políticas públicas a tono con el nivel de nuestra economía y con la riqueza que se genera en nuestro país, debiendo aplicar la política fiscal más conveniente (aún estamos varios puntos por debajo en presión fiscal respecto de la media de la UE-15).

Pero eso no impide reconocer que los recursos públicos son limitados, y que se deben diversificar las fuentes de financiación si queremos mantener un sistema de bienestar como el alcanzado en estos cuarenta años de democracia que acabamos de cumplir.

miércoles, 24 de mayo de 2017

LA   NOCHE  DE  LAS  PRIMARIAS
(versión ampliada del texto publicado en el Diario Córdoba el 24/05/2017)

La del 21-M fue una noche apasionante. Por una vez, la política pudo con el fútbol, y hubo más gente pendiente de los resultados de las primarias socialistas, que de la celebración del Real Madrid en Cibeles por la obtención de la Liga. Y eso que eran las primarias de un partido como el PSOE que no pasa por sus mejores momentos. Pero, la importancia que para la gobernabilidad de España aún tiene el centenario partido socialista, explica la gran expectación que despertaba en distintos círculos de opinión los resultados sobre la elección de su Secretario General. Las noches electorales siempre están cargadas de gestos que retratan la magnitud del acontecimiento, y que valen más que los discursos justificativos de rigor. Estas son mis impresiones.

a)  Las primarias han supuesto un ejercicio extraordinario de movilización de una militancia socialista que, adormecida en unos casos, e indignada en otros, se ha implicado en el proceso con una participación de más del 80%. Eso es, en sí mismo, un valor que dice mucho de la capacidad de las bases del PSOE de movilizarse, y que en este momento constituye su principal capital como partido.

b) También han mostrado la independencia de la militancia socialista a la hora de votar, ya que no se ha visto neutralizada por la fuerte influencia que han ejercido los diversos poderes fácticos, sea mediáticos, económicos o políticos. Las diferencias entre el número de avales y el número de votos de los candidatos, dice mucho de la independencia con la que se han comportado los afiliados del PSOE.

c) Los resultados han puesto de manifiesto la importante brecha existente entre la militancia y lo que coloquialmente se llama el “aparato”, constituido en este caso por los “barones” regionales (en su gran mayoría decantados a favor de Susana Díaz) y por una Comisión Gestora que, más allá de la aparente neutralidad de su presidente (el asturiano Javier Fernández), no ha sido, en opinión de muchos militantes, imparcial. La imagen de la concentración de militantes en las puertas de Ferraz gritando “Esta casa es nuestra”, acompañados de gritos de “¡Pedro! ¡Pedro!” y del canto de La Internacional, vale más que mil palabras, mostrando la brecha entre una “aparato” y una “militancia” que interpretaba la victoria de Pedro Sánchez como una especie de “reconquista” del fortín socialista del que habían sido desalojados.

d) La derrota de Susana Díaz supone también el fin de lo que se ha llamado el “felipismo”, retratado en el apoyo a la dirigente sevillana de los más emblemáticos dirigentes socialistas (Felipe, Guerra, Rodríguez de la Borbolla, Abel Caballero, Bono,…) y de los secretarios generales Zapatero y Rubalcaba (no así de Almunia), que hoy puede que estén lamentándose de no haber apoyado a Patxi López. Es un rechazo en toda regla de una generación de políticos socialistas que han contribuido a las reformas democráticas de nuestro país, pero que se ha resistido a dejar la primera fila y se ven desairados por un amplio sector de la militancia que no se reconoce en ellos.

e) En cuanto a las reacciones de los candidatos derrotados, la de Patxi López fue impecable felicitando al ganador, poniéndose al servicio del nuevo Secretario General y dispuesto a colaborar para unir e integrar al PSOE. Por el contrario, no se puede decir lo mismo de la reacción de Susana Díaz. En su corto discurso, no se puso a disposición de Pedro Sánchez, sino a la del partido (¿qué significa eso?), y salió de Ferraz de manera intempestiva sin esperar a escuchar las palabras del nuevo Secretario General. Comprendo que no era plato de buen gusto para Susana Díaz salir a escena en esa aciaga noche, cuando todas las grandes expectativas de victoria que se le habían creado por ese círculo de aduladores que suelen acompañar a los políticos, se habían venido abajo en cuestión de minutos. Pero, la imagen de su reacción en la noche del 21M, rectificada al día siguiente, quedará en la memoria de los militantes socialistas, y puede que actúe como una pesada losa sobre Susana Díaz si algún día decide reiniciar el proceso de conquista del poder en el PSOE.

f) La reacción del ganador Pedro Sánchez, tiene dos lecturas. Una interna, dirigida a los militantes que le han apoyado, a los que les ha trasladado con bastante realismo que nada termina el 21M, sino que todo empieza esa noche, dando a entender que comienza un camino nada fácil de renovación del partido, cuyo primer escenario de dificultad será el próximo congreso extraordinario. Como corolario de ese mensaje interno, está la mano tendida a todo militante que, no votando a su candidatura, esté dispuesto a participar en ese proceso de reforma y regeneración. La lectura externa se puede expresar en el cambio del “No es No” que le ha acompañado en su campaña, al “Sí es Sí” que gritaban sus votantes en la noche de las primarias. Si unimos eso a la afirmación de Pedro Sánchez de que el PSOE, además de aspirar a sustituir en la jefatura del gobierno al PP, hará una oposición útil, nos encontramos con un mensaje que no parece guiado por el resentimiento, sino que se proyecta al futuro, un futuro cuya primera prueba de fuego será la moción de censura presentada por Unidos Podemos hace unos días.

Son impresiones de una noche de la que se sale con la convicción de que el cambio y la regeneración del PSOE comienzan, efectivamente, el día después del 21M, pero también con la sensación de que no va a serle fácil a Pedro Sánchez y su equipo. Su fuerza, basada en la militancia, es una fuerza emocional, lo que no es baladí, pero carece de la fuerza orgánica necesaria en todo partido político para emprender una reforma profunda de sus estructuras y modelo de funcionamiento.

Me temo que las primarias han sido un primer asalto de un combate que tendrá en el congreso extraordinario de junio su continuidad, aunque no su desenlace final. Sectores hoy instalados en el “aparato” se resistirán a perder sus posiciones de poder en favor de una militancia que, en su mayor parte, está formada por afiliados que no han ocupado cargos orgánicos y que aspiran a ocuparlos, o por militantes con cuentas pendientes dispuestos a saldarlas. De cómo satisfacer esas aspiraciones, y de cómo frenar la inevitable actitud revanchista que suele instalarse en los corazones despechados, dependerá el futuro del proyecto de Pedro Sánchez, pero también el futuro del PSOE como alternativa de gobierno.

El cambio y regeneración del PSOE no puede hacerlo sólo el grupo ganador, por mucho que haya obtenido una incuestionable victoria con más de la mitad de los votos de los militantes. Necesita contar con una amplia base de apoyo, y eso pasa por atraer a lo mejor de los equipos de los otros dos candidatos, equipos que cuentan con personas de valía política y profesional que no pueden ni deben ser desaprovechadas en un arrebato de soberbia y arrogancia por parte de los ganadores.

Porque no es sólo sustituir unos cargos por otros, sino algo mucho más difícil, como es elaborar un programa de gobierno con propuestas creíbles y factibles que respondan a los complicados retos de la España del siglo XXI (de reformas económicas, de regeneración política, de igualdad y cohesión social, de reforma de la estructura territorial del Estado, de posicionamiento en la escena europea,…) y que marquen diferencias respecto a otros partidos.


Pero para ello, el PSOE se tiene que mostrar como un partido reconocible, dispuesto a afrontar ese desafío en cooperación con otras fuerzas políticas afines, pero también con partidos que, situados en posiciones ideológicas distintas, son necesarios para abordar las reformas constitucionales y los grandes temas de Estado. Tal es la diferencia entre un partido con vocación de gobierno, que es lo que ha sido el PSOE en estos cuarenta años de democracia, y un partido condenado a ocupar un espacio en la oposición. Ese es el dilema que tiene que resolver Pedro Sánchez y el equipo que salga del congreso de junio.

lunes, 15 de mayo de 2017

#PRIMARIAS   EN  EL   #PSOE  


La ola participativa es el signo imparable de los tiempos, y algunos de los viejos partidos acostumbrados a la cultura representativa, se suben, de forma precipitada e incluso oportunista, a esa ola de la participación directa de la militancia.

Como una especie de huida hacia adelante, los partidos socialdemocratas buscan en las primarias ese bálsamo de Fierabrás que les haga salir de la crisis en que están sumidos en un escenario tan complejo como el actual marcado por la globalización económico-financiera, el avance de la robótica en los procesos de producción, la precarización del empleo y el aumento de la desigualdad.

Sin embargo, hay serias dudas sobre la utilidad de introducir primarias en partidos de cultura representativa sin llevar a cabo previamente reformas que adapten su modelo de funcionamiento a la cultura participativa. En casos así, las primarias dividen más que unen, creando dentro de los partidos políticos disrupciones internas de difícil solución.

Eso es lo que le está ocurriendo al PSOE, un partido roto tras la crisis del 1 de octubre del año pasado durante el Comité Federal (las “idus de octubre” como las llama Borrell en su último libro). Sin haber aprendido la lección del conflicto que se originó hace ya veinte años con la disputa Almunia-Borrell, afronta de nuevo unas elecciones primarias sin modificar suficientemente los estatutos para resolver el problema de la doble legitimidad que comporta elegir por primarias al secretario general del partido, elegir a los órganos ejecutivos mediante delegados y designar por el Comité Federal al candidato a las elecciones.

Tres candidatos muy diferentes compiten. Dos de ellos (Pedro Sánchez y Susana Díaz) enfrentados política y personalmente y decididos no sólo a no pasar página de aquellos aciagos acontecimientos, sino a utilizarlos como fuente de legitimidad de sus respectivas posiciones, tal como se ha puesto de manifiesto en el debate del lunes 15 de mayo en la sede de Ferraz. El tercer candidato (Patxi López) se presenta, por el contrario, con un mensaje de conciliación remarcando la necesidad de superar las tensiones de aquel bochornoso día y de establecer puentes que puedan coser un partido tan dividido como el PSOE de hoy.

Lamentablemente, la dinámica de polarización que suele acompañar a las primarias en todo partido que las aplica, deja poco espacio a candidatos, como Patxi López, que abogan por el diálogo y el debate racional, imponiéndose una lógica de enfrentamiento entre facciones que produce desgarros difícil de coser después.

La opción de Patxi López es, en opinión de muchos analistas, la única con capacidad para curar las heridas abiertas en el PSOE, ya que fue leal con el secretario general cuando estuvo en la Ejecutiva de Pedro Sánchez, y fue también leal con la Comisión Gestora cumpliendo la decisión de abstenerse en la investidura de Rajoy. Además de haber tenido una trayectoria impecable como lendakari, es el único de los tres candidatos que es diputado, lo que tiene gran importancia en un sistema parlamentario como el nuestro.

Sin embargo, en la lógica de facciones que impera hoy en el PSOE, la opción serena de Patxi López pierde enteros conforme se aproxima el día 21, fecha de las votaciones, y eso a pesar de que en su intervención en el debate del pasado lunes emergió por encima de la confrontación personal de Pedro Sánchez y Susana Díaz, presentándose como el candidato capaz de apaciguar al partido socialista. No obstante, aunque, en un gesto de coherencia, Patxi López ha dicho que no se retira, la posición de los que ahora le apoyan y le han avalado puede ser decisiva si éstos deciden finalmente darle utilidad a su voto decantándose por uno de los otros dos candidatos.

Así que lo más probable, y salvo sorpresas de última hora, es que todo se resolverá en un cuerpo a cuerpo entre Pedro Sánchez y Susana Díaz, cada uno de ellos erigiéndose, respectivamente, en adalid de la militancia o en depositaria del legado socialista, con las “idus de octubre” como base de sus respectivos relatos.

Pedro Sánchez, el defensor de la militancia

Paradójicamente, Pedro Sánchez, que representa el pasado inmediato del PSOE por haber sido secretario general durante tres años, se presenta como el candidato del futuro. Apelando a los sentimientos de una militancia indignada con el “aparato” por los hechos del pasado octubre, propone un modelo de partido más participativo en el que los afiliados tengan voz en las grandes decisiones estratégicas, algo que tendrá que cuadrar con la cultura representativa y no asamblearia del PSOE.

El mensaje que difunden sus rivales de que Pedro Sánchez llevó al partido a los niveles electorales más bajos, no es creíble, y además es malintencionado. Los que así opinan no tienen en cuenta que la gestión de Pedro Sánchez al frente del PSOE tuvo lugar en una etapa muy difícil, habiendo heredado de Rubalcaba un partido roto y en horas bajas, y teniendo que competir con nuevos partidos (Podemos y Cs). No quieren reconocer que la debacle socialista se produjo con el propio Rubalcaba como candidato en las elecciones de 2011.

No siempre un dirigente político tiene que dimitir tras una derrota electoral, ya que depende de las circunstancias en que se produce dicha derrota (si el partido ganador obtiene mayoría absoluta no es lo mismo que si no la consigue y hay opción a construir una mayoría alternativa) y depende también del grado de apoyo que sigue suscitando en la militancia (Felipe González perdió las elecciones de 1977 y 1979 y no por eso dimitió).

Sin embargo, no comparto el discurso victimista con el que, los partidarios de Pedro Sánchez, quieren presentarlo como el mártir de una operación de acoso y derribo contra él por parte de sectores del PSOE vinculados a los poderes fácticos (IBEX 35, grupo Prisa,…) Es una tesis conspirativa que tiene mucho de paranoia. La política es lucha por el poder, y Pedro Sánchez, quedándose en minoría en la Comisión Ejecutiva, perdió el pulso que echó al Comité Federal en la citada tarde del 1 de octubre. Nadie lo echó ni lo descabalgó de la secretaría general como quieren difundir sus partidarios, sino que se arriesgó en la lucha por el poder, perdió y dimitió. Eso fue todo. Podría haber terminado su carrera política esa noche, pero, al igual que otros dirigentes dimitidos (como Felipe González en 1979 o ahora Matteo Renzi), lo vuelve a intentar con serias posibilidades de lograrlo. Está en su derecho.

Utilizando de manera vaga la referencia a la “izquierda” como seña de identidad de los socialistas, y apelando a una estrategia frentista para descabalgar al PP (algo contradictorio con la vocación de gobierno de un partido como el PSOE proclive siempre a la colaboración con el principal partido de la oposición en asuntos de Estado), Pedro Sánchez dirige su mensaje al corazón de la militancia. Sus discursos en los mítines de campaña van cargados de emotividad porque sabe que muchos militantes votarán con el corazón más que con la cabeza.

Poco interés ha tenido en debatir su programa político en caso de salir elegido, manteniéndose en una ambigüedad que puede volverse contra él. De hecho ha cambiado dos veces el contenido del programa, la última marcando distancias con Podemos para evitar que se le tache de “podemizar” al PSOE, e intentando aclarar, a duras penas, su posición inicial respecto al encaje constitucional del tema catalán y su definición de España como “nación de naciones”.

Es un enredo programático innecesario en el que se ha metido Pedro Sánchez, por cuanto que el programa del PSOE es algo que tendrá que aprobarse en el próximo congreso y la estrategia de alianzas le corresponde al Comité Federal. Ha sido, por tanto, un exceso de transparencia que puede costarle caro.

Susana Díaz, la depositaria del legado socialista

Por su parte, Susana Díaz se presenta como la candidata que recoge el legado de la historia socialista, habiendo sido arropada por los dirigentes que han llevado las riendas del PSOE en los últimos 35 años (Felipe, Guerra, Zapatero, Rubalcaba, Borbolla,…) y por la mayoría de los actuales “barones” regionales. En ese sentido puede calificársele como la candidata “oficialista”, siendo ella misma la que dirige la federación andaluza (la más importante del PSOE) y quien preside la Junta de Andalucía. Ejerce, por tanto, de “primus inter pares” entre los “barones” que le apoyan.

Sin embargo, paradójicamente, esa demostración de fuerza y su perfil “oficialista”, puede ser también su debilidad, ya que, a pesar de su juventud, Susana Díaz es identificada por muchos jóvenes militantes socialistas como una dirigente de la vieja escuela, como la candidata de un “aparato” cuestionado por un amplio sector de la base social del PSOE, contribuyendo a ello el modo como se ha comportado la Comisión Gestora en los últimos meses.

En contraste con la imagen serena de su presidente, el asturiano Javier Fernández, el modo como se ha movido la Comisión Gestora no es percibido por la militancia como imparcial. Extralimitándose en sus funciones (que, según los estatutos del partido, deben ser provisionales y centradas exclusivamente en la preparación de un congreso extraordinario que se ha retrasado en exceso) y eligiendo un portavoz (Mario Jiménez) del grupo pretoriano de Susana Díaz, la militancia percibe que la Comisión Gestora no ha dado la imagen de neutralidad que hubiera sido deseable, sino todo lo contrario, despertando en los afiliados la suspicacia de que ha actuado en favor de la candidata andaluza. Ello ha redundado aún más en la consideración de Susana Díaz como la candidata oficialista, alejándola de una militancia sensible a todo lo que “huela” a manejos del “aparato” del partido.

El discurso de Susana Díaz apela a su vocación de victoria (algo obvio y común a los demás candidatos) y a su experiencia ganadora, sin reconocer que obtuvo en Andalucía en 2015 más de cien mil votos menos que Griñán en 2012. También apela a sus orígenes obreros (algo que está cada vez menos en sintonía con una sociedad interclasista como la española), a la defensa de la unidad de España (con la ambigüedad suficiente para no entrar en los arenas movedizas del federalismo) y a su voluntad de hacer del PSOE un partido “reconocible” respecto a otros partidos (con la mirada puesta en la sombra de Podemos).

Este mensaje podría funcionar si se dirigiera al que ha sido en los últimos años el tradicional electorado socialista (bases rurales, mayores, de formación media/baja,…). Pero resulta que quien votará en las primarias no será ese cuerpo electoral, sino una militancia que se ha politizado a marchas forzadas en este último año de convulsiones y que desea una refundación del partido para que conecte con las aspiraciones y con la cultura de las nuevas generaciones. Esto explica que muchos afiliados no vean ni en la estética política de Susana Díaz y su grupo, ni en el contenido de su mensaje, lo más adecuado para sintonizar con una militancia cada vez más formada y exigente.

Su fulgurante carrera política (designada sucesora por Griñán en el socialismo andaluz, pero soslayando de mala manera las primarias que no tuvieron lugar), y su balance como presidenta de la Junta de Andalucía, tras un pacto de gobierno, primero con IU y luego con Cs, no es para vanagloriarse.

La comunidad andaluza sigue sin resolver sus grandes problemas históricos (el alto nivel de paro, la baja renta per capita, el escaso tejido industrial,…) y, tras la apariencia de unidad, subyace en el PSOE-A una profunda desafección y un distanciamiento del electorado socialista (sólo hay que acudir a la serie histórica de las encuestas de diversos centros demoscópicos andaluces).

Su aún corto bagaje político, explica, por tanto, que no haya en amplios sectores de la militancia la sensación de que Susana Díaz será mejor secretaria general que Pedro Sánchez, ni de que, llegado el caso, será la mejor candidata para ganar las próximas elecciones.

Después del 21-M

Y después del 21-M ¿qué? No comparto los mensajes apocalípticos que están acompañando a las primarias socialistas y que alertan del riesgo de destrucción del PSOE.

Puede que sea verdad, como se dice, que, si gana Susana Díaz, muchos de los partidarios de Pedro Sánchez (en su gran mayoría militantes de base sin cargos orgánicos ni institucionales) se darán de baja en el partido y emigrarán a otros lares políticos. También que si gana Pedro Sánchez será más difícil que se produzca la salida del grupo derrotado, dada la condición de muchos de los miembros del grupo de Susana Díaz de ser cargos de responsabilidad en el partido o en las instituciones autonómicas, lo que les hará quedarse en una especie de “cohabitación” con el grupo vencedor.

Sin embargo, lejos de esos mensajes, tanto Patxi López, como los dos candidatos con más opciones de victoria (Susana Díaz y Pedro Sánchez) son políticos que han hecho su carrera en la estructura del partido, por lo que su lealtad institucional no debe ponerse en duda.

Dado que, a la vista de lo ocurrido con los avales, se prevé unos resultados muy ajustados, el único peligro de destrucción del partido vendrá si después de las primarias no se produce la integración, sino la exclusión, del grupo derrotado. Y ahí el sector de Patxi López podría desempeñar un papel importante actuando como el pegamento necesario para integrar al grupo de Pedro Sánchez y al de Susana Díaz, sea cual fuere el derrotado tras las primarias.

Porque si el PSOE quiere recuperar el espacio perdido y ser de nuevo alternativa de gobierno, va a necesitar reinventarse, recogiendo, sin duda, el legado histórico del partido, pero introduciendo también una nueva cultura política que sintonice con las generaciones jóvenes. El PSOE que salga de las primarias ha de dar respuesta a los retos de la educación en la era cibernética y presentar propuestas viables y creíbles sobre cómo mantener el sistema de bienestar sin desequilibrar las cuentas públicas, sobre cómo responder al desafío de la economía digital y sobre cómo ofrecer algún tipo de garantía social a ese sector de la población que inevitablemente quedará en el lado de los perdedores de la globalización económica (ver el artículo de Ignacio Urquizu “Lo que decidimos los socialistas”, publicado en el diario El País, el pasado 11 de mayo).

Y todo ello con una estrategia de partido con vocación de gobierno, es decir, un partido dispuesto a alcanzar acuerdos con todos los partidos del arco parlamentario, y no sólo con los de un sector del hemiciclo. Da la impresión de que ninguno de los candidatos puede por sí solo responder a esos retos, por lo que se hace más necesaria si cabe la integración entre sus respectivos grupos tras el domingo 21 de mayo.

Una victoria excluyente de Pedro Sánchez sin integrar a los demás grupos, situaría al PSOE en un espacio de izquierda cercano a Podemos, que podrá ser del gusto de los militantes que lo han votado, pero que le hará perder la simpatía del electorado centrista tan necesario para ganar las próximas elecciones. Por su parte, una victoria igualmente excluyente de Susana Díaz posicionaría al partido en un espacio percibido como más a la derecha, y dejaría a su izquierda un amplio espacio libre para que lo ocupe Podemos.

De ahí que sea necesaria la integración tras el 21-M. La oportunidad para ello será con ocasión del congreso extraordinario, donde dentro de un mes se dirimirá el futuro del PSOE. Porque, en contra de los que afirman que las elecciones se ganan en el centro, soy de los que piensan que se ganan ocupando previamente un espacio propio (a derecha, caso del PP, o a la izquierda, caso del PSOE), para luego, desde esa posición clara y reconocible, atraerse al electorado de centro con propuestas creíbles de cambio y reforma.

Pero para ello, el PSOE necesita de las distintas “almas” que coexisten dentro de él, ésas que hoy se reflejan en los tres candidatos, y que siempre le han acompañado en la historia centenaria del partido.

martes, 9 de mayo de 2017

LA VICTORIA DE #MACRON
(versión ampliada del artículo publicado en el Diario Córdoba el 09/05/2017)


La clara victoria de Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas (más del 65% de los votos válidos) da un respiro a las cancillerías de los Estados de la UE y a muchos ciudadanos que apoyan el proceso de integración europea. Pero es un alivio temporal, ya que la preocupación continuará hasta las legislativas de junio, a las que Macron acude sin una sólida base partidaria.

Su plataforma electoral “¡En Marche!”, creada hace apenas un año, y transformada ayer mismo en el partido político “La Republique en Marche”, tendrá serias dificultades para presentar candidatos con posibilidades reales de victoria en las casi 600 circunscripciones donde los partidos competirán a dos vueltas por obtener el escaño en disputa en cada circunscripción.

A pesar de la elevada abstención (casi el 30%, la más alta desde 1969) y del alto porcentaje de votos en blanco y nulos (casi el 12%), ha funcionado el “pacto republicano” para evitar la victoria de Marine Le Pen. Sin embargo, los más de 10 millones de votos obtenidos por ella (uno de cada tres votantes), supone un ascenso de dimensiones considerables del Front National (FN), un partido antieuropeo, populista y xenófobo. Por ello, es un serio aviso a tener en cuenta, ya que Le Pen y su partido están para quedarse.

El perfil de los votantes de Macron 

Los resultados de varias encuestas prueban cómo ha funcionado el "pacto republicano" en la segunda vuelta. Según la encuesta del Instituto Harris Interactive, un 53% de electores que votaron en la primera vuelta al izquierdista de "France Insoumise" Melenchon habrían votado a Macron en la segunda, y un 79% de los que votaron al socialista Hamon. Por la derecha, el 48% de los que votaron en primera vuelta a Fillon y el 26% de los de Dupont-Aignan, lo hicieron por Macron en la segunda vuelta. Ello indica que casi la mitad de los votos obtenidos por Macron proceden del ámbito de la izquierda, una cuarta parte proviene de la derecha y un tercio del centro, corroborando así la eficacia del "pacto republicano" para frenar a Le Pen.

Además, la encuesta realizada por Ipsos señala que dos tercios de los electores de 18-24 años han votado a Macron, reduciéndose sensiblemente el apoyo entre los que tienen 35-49 años (un 57%). En lo que se refiere al nivel de formación, una gran mayoría de los votantes de formación media-alta votaron a Macron (un 81% de los que tienen el título de Bachillerato y, al menos, tres años de estudios más).

Respecto a la renta, votó a Macron una mayoría de los de renta media-alta (el 75% de los que viven en hogares con ingresos superiores a 3.000 euros mensuales), siendo menor el voto a Macron entre los empleados (un 54%) y entre los obreros (un 44% frente al 52% a Le Pen).

La encuesta del Instituto Harris Interactive señala que el 41% de los que han votado a Macron dice que lo hicieron por estar convencidos de que era su opción como Presidente, mientras que un 59% dice que lo votaron por evitar que saliera Le Pen. Finalmente, esa misma encuesta indica que entre los votantes de Macron los temas que predominan son Europa, el empleo y la educación, mientras que, entre los de Le Pen, la inmigración, la lucha contra el terrorismo y la seguridad de las personas y bienes son los temas predominantes.  

En resumen, el votante medio de Macron es un elector joven (aunque con presencia también de votantes mayores), bien formado, de renta media-alta, simpatizante de izquierda (aunque con presencia también de simpatizantes de centro y derecha) y preocupado por los temas europeos, el empleo y la educación.

Legislativas inciertas y probable "cohabitación"

Surge la duda de si el “pacto republicano” funcionará también en las legislativas. Si no es así, y si proyectamos el más del 30% de votos obtenido por Le Pen en esta segunda vuelta de las presidenciales, el FN podría pasar de los dos diputados que tiene ahora en la Asamblea Nacional a casi un centenar, lo que tendría un fuerte impacto en la vida parlamentaria francesa.

Pero aún en el caso de que el “pacto republicano” funcione, puede que no sea el recién creado partido de Macron el que se vea beneficiado, debido a la ya comentada debilidad partidaria de su base de apoyo.

Por eso, es muy alta la probabilidad de que se dé una “cohabitación” entre Macron, como Presidente (en el Palacio del Eliseo), y un Primer Ministro (en el Palacio de Matignon) de otro color político. No es la primera vez que ocurre en Francia. Ya hubo cohabitación de Mitterrand con el gaullista Chirac (1986-1988 y 1993-1995), y de éste con el socialista Jospin (1997-2001), pero ahora, si se produjera, la situación sería diferente.

En esas tres ocasiones, la cohabitación se producía entre los dos grandes partidos en los que se apoyaba la V República (el gaullista y el socialista). Ahora, la situación sería entre un Presidente (Macron) sin una sólida base partidaria (y elegido gracias a votos procedentes de fuerzas políticas distintas de la suya y agrupadas para frenar a Marine Le Pen), y un Parlamento muy fragmentado, del que saldrá un Primer Ministro que tampoco gozaría de una base parlamentaria cohesionada.

Macron y la transversalidad

Sin embargo, la debilidad de Macron podría ser, paradójicamente, su fuerza, si sabe aprovechar su posición de centro reformista en el tablero político francés y es capaz de atraer a su proyecto transversal de reforma a grupos situados tanto a su izquierda, como a su derecha (ver el apartado anterior sobre el perfil del votante de Macron).

Por ejemplo, amplios sectores del socialismo galo (Valls, Hamon, Royal, Aubry,…) podrían sintonizar con el proyecto reformista de Macron. También podrían hacerlo, incluso, algunos de los grupos menos radicalizados de la “France Insoumise” y que abogan por una reforma gradual del sistema político y económico francés.

Por su derecha, tanto el partido centrista de Bayrou (con el que Macron ya tiene firmado un pacto para las legislativas), como los grupos liberales y democristianos del movimiento gaullista “Les Republicains” (Juppé, Fillon, Sarkozy,…), que mantendrá una fuerte presencia en la Asamblea Nacional después de junio, podrían también apoyar, o al menos no oponerse, el proyecto reformador de Macron.

Macron y Europa

Justo hoy 9 de mayo "Día de Europa", la UE espera a Macron como una oportunidad de recomponer el eje franco-alemán desde el respeto mutuo y no de la sumisión a Berlín. Este eje, que ha sido fundamental en el proceso de integración europea, ha estado prácticamente desaparecido en la etapa de Sarkozy y de Hollande ante el dominio absoluto de las políticas de austeridad y ajuste impuestas por Merkel en el marco del Pacto de Estabilidad de la UE. No le va a ser fácil a Macron doblegar la ortodoxia económica alemana, por lo que deberá buscar otros apoyos dentro de la Unión.

Además, en la UE de hoy, el eje franco-alemán ya no puede por sí sólo ser el motor de la integración europea. Debe abrirse a otros países, como España, que tras el Brexit está recuperando protagonismo en la escena europea, y también a Italia, que se colocará de nuevo en el centro del tablero político europeo cuando se lleven a cabo las elecciones de otoño y recupere la estabilidad perdida tras varios meses de provisionalidad ocasionada por la derrota de Renzi en el referéndum sobre la reforma constitucional.

Macron tiene la ocasión de revitalizar un proyecto europeo en horas bajas y de reintroducir en la UE el espíritu de reforma social y no sólo económica, que nunca debió perder y que forma parte de las esencias del proceso de integración. La firme convicción europeísta de Macron y sus seguidores es un elemento esperanzador (banderas de la UE llenaban la plaza del Museo del Louvre, mientras se escuchaba el “Himno a la Alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven), pero se tiene que traducir pronto en hechos.

Los jóvenes europeístas que le han apoyado en Francia, y los que, desde fuera, han visto con satisfacción la victoria de Macron, no pueden esperar. Han sido años de políticas de austeridad y de promesas incumplidas de recuperación, que han provocado el pesimismo y la desafección política en muchos sectores de la ciudadanía europea. Ahora toca equilibrar el proceso de integración recuperando el pilar de la agenda social europea, sin que ello signifique abandonar la disciplina en el pilar económico. Y eso Macron lo ha dejado claro en sus comparecencias públicas durante la campaña electoral.

No obstante, la Europa de 27 países es una maquinaria muy pesada para avanzar al unísono, como sería deseable, y Macron lo sabe. Como ha señalado en la campaña, es más realista pensar en un avance a varias velocidades con un “núcleo duro” de países dispuestos a profundizar en la Unión Económica y Monetaria, en la Agenda Social y en la Union Europea de la Defensa y la Seguridad, y de avanzar en una mayor integración en temas tan candentes como la cuestión migratoria.

Un alivio, por ahora

Se recibe con alivio la victoria de Macron, pero deberíamos sentirnos preocupados por el importante apoyo obtenido por Marine Le Pen. El sistema electoral francés de dos vueltas actúa de dique de contención contra los extremismos. Pero es un dique construido con una amalgama de fuerzas políticas tan dispares, que lo hace vulnerable.

Por eso, para ser consistente, las fuerzas republicanas moderadas a derecha e izquierda deben cohesionarse en torno a un sólido proyecto reformista que, afrontando los graves desequilibrios existentes en la economía francesa, devuelva la confianza en la capacidad de la clase política para reducir la brecha social y mejorar el bienestar de los ciudadanos.

Ese es el reto de Macron. De que lo logre depende el futuro de Francia, pero también el de Europa.